martes, 16 de junio de 2015

EL NERVIÓN DE MIS 16





Primero fue un tal Valero --despidiéndose de un “Indígena Africano” y teatralizando un The End que ni el de “A Dios pongo por testigo”, con satinado y saturado contraluz aljarafeño..., ¡vamos!--; luego, un tintinear en mis tímpanos, previo peaje en mis retinas, de LAS LILAS; y lo postrero fue, como casi siempre, la imposición estajanovista y casi dictatorial del bueno de Gianni Rodari: <<Las amistades de los dieciseis años son las que dejan señales más profundas en la vida. Pero esto, aquí, no interesa. Lo que interesa es tomar nota de cómo una palabra mágica puede desvelar espacios de nuestra memoria que yacían bajo el polvo del tiempo>>...
El bar LAS LILAS fue, desde el premio con un Pepito --ríase usted de todas las estrellas michelín del universo--, nada más terminar de hincarse uno la misa de una en los Redentoristas, hasta la parada y fonda en medio del barrio, con: <<¿ME puede usted hacer el favor de darME un vaso de agua, por favor...? ¡Muchas gracias!>>. En la misma acera, casi al lado, se encontraba el ultramarinos de Don Federico Cortés. ¡Sí, sí!, Don Federico. Ese comerciante que te despachaba cien gramos de york en perfecto estado de revista. No recuerdo en toda mi corrida vida a otra persona despachándome charcutería --que no fuese fina-- ataviada con chaleco abotonado, elegante chaqueta y corbata, como hacía Don Federico Cortés. Su señora no le iba a la zaga, sobre todo en amabilidad y compostura. Todavía hoy hay simiente de ellos por el barrio: en Manuel Casana, 6, la casa de cristales y marcos LA BUHAIRA, de uno de sus hijos; no sé si Pedro de nombre; templado también él. Seguimos en Manuel Casana --por cierto, la que fue casa-carpintería de Manuel Casana sigue en pie en Santo Domingo de la Calzada, 13; obra del arquitecto Aurelio Gómez Millán--... Pero seguíamos en la calle Manuel Casana y en la misma acera que la cristalería: la consulta médica del Doctor Don Rafael Castro Artigas, compañero de milicias de mi padre y nuestro médico de cabecera, y no por ese orden; sigue allí su labor su hijo Rafael. Por fin en la esquina con Divino Redentor sigue alumbrando ese cantillo la tienda de electricidad; creo que cuando se extinga el sol convirtiéndose en una gigante roja --del Sevilla f.c. of course-- la tienda de electricidad se apagará para siempre, antes, no. Un saltito atrás en la calle, pues no sé cómo se me han pasado las cuñas y las palmeras de chocolate de ELADIA... ¡Ay, Eladia, Eladia y sus hijas, con sus flemas! --o sus sobrinas, no recuerdo bien--; creo que en Palacio y Valdés, en una accesoria a mitad de calle, seguro. ¡Dios Santo las cuñas de Eladia!... En un brinco del chavalote que fui me coloco en el mostrador de EL POLVILLO; todavía hoy trabaja allí una de las encargadas de toda la vida, y cuando de cuando en cuando me dejo caer por el bendito pan de mi bendita madre, quedamos mirándonos... <<yo a ti te conozco de algo>>. Y al ladito, también en Divino Redentor, “LO que le queda al DÍA” --o Supersol-- del Cobreros... Enfrente, hoy, una de la un trillón de fruterías en todas las ciudades del orbe; pero no traigo aquí la frutería, sino el taller de coches que en ese local hubo y al foso que siempre me asomaba... ¡¡Hola, Baby Acosta!!... Espinosa y Cárcel era ya una de las fronteras con "empalizadas", con hermosas tapias en las Carmelitas y sobre todo en las Salesianas... Empalizadas, empalizadas... ¡Ah, claro! “El planeta de los simios” en el cine Goya; y toda la saga de los “Harry”, ¿no, Clint?... ¡Unas patatitas fritas de LA ESTRELLA al final, al principio, de la calle Goya? ¿Gustan ustedes? No he llegado por gusto a la calle del de Fuendetodos, no; ha sido merced a la sombra de las añosas acacias de Eduardo Dato; africanas teníais que ser para aguantar sin rechistar las obras a plazos de un infernal Metro... ¡Que en Florencia no hay Metro, carajo! Y más arriba el cine Nervión --lo más parecido al “Planelles” de mi querida Marchena natal--, en la Gran Plaza. En este bello altozano de la Plaza del Capitán Cortés --donde podemos otear, mano a guisa de visera, que el cuerpo central de la Giralda nos llega por la cintura--, LA PONDEROSA, y siguiendo la senda del medio pasaje de Lionel Carvallo... el vasto salón de juegos: futbolines de a un duro, billar de muchachotes arremangados casi hasta los hombros y “pin-pon” de una hora a mucho tirar. El bar-cafetería-churrería-restaurante y los futbolines navegan hoy en nuestra memoria; y son un Opencor y una cadena de carnicerías los del cursi relevo generacional: ambos con horarios, precios y géneros indescifrables. Marqués de Pickman, su embrujo y su duende: zoco de Nervión, Mercado de Nervión, Fotomatón, perfumería Ana un 30% más barata que la del Cortinglés, ¡compruébenlo! Sigue allí una ferretería de toda la vida, no recuerdo su nombre y no lo voy a buscar en el google... Hoy..., chinos, chinos y más chinos y fruterías; y en la frontera del oriente, aún otean el horizonte del Tamarguillo asfaltado la Óptica Luque y los eucaliptos, con más años que el Puente de San Bernardo... ¡¡Ay San Bernardo, ay San Benito!! Salto en el espacio-tiempo: San Francisco Javier todavía no ha nacido; Luis de Morales es sólo un paciente aprendiz pacense; y de la milla de oro sólo tienen trescientos metros de un mal adoquinado y peor alumbrado paraje de los alrededores o afueras de mi Sevilla... No hay ni fotos de entonces; y sólo la palmera esquina con Eduardo Dato, Santiago Pagés y OLÉ --el de la ortopedia Masu--, y el que aquí tienen aporreando... recuerdan el paisaje. ¡Qué lejos me quedáis Templete y calle Oriente!

Trece añitos, catorce añitos, 15 años, 16 años: sábados de futbol matinal en la explanada malamente asfaltada junto a la Preferencia del Sánchez Pizjuán: 4 piedras, rodillas desolladas por docenas; furgones y caballos de los “Grises” y gorrillas del A.N.I.C. los domingos por la tarde... Domingos alternos quedando a las cuatro y media en la puerta nº 15 con Manolito Lorente, Nono Roche, Juanma Lora, Julio Cabrera, Julito Illanes, el Chirlo Cazorla..., los de Roque Olsen, Cid Carriega, Miguel Muñoz, el bendito cateto de Coria... Más fútbol, los sábados “detrás” de la película de la Primera, en la liga de Portaceli del Padre Huelin. En realidad Nervión era todo Padre Huelin y Carrasquilla y Portaceli y cine allí mismo los domingos a las cuatro y Fiestas Rectorales y más fútbol dominical “detrás” de la misa de diez y media. Y Nervión era las niñas de Óscar Carvallo --¡Ay! Anamari Fernández!, mira que irte con uno de la Trinca...--. Y Nervión siempre fue: irle a mi madre por los mandaos al Cobreros, al Polvillo, a mis amigas las churreras del Suroeste y de la calle Padre Campelo. Y yo recompensado con el taco enorme de ABC´s, vendiéndolo en el almacén de papel de Santo Domingo de la Calzada; y salió ardiendo... Y Nervión se fue a 800 kms de mi vida pero a una millonésima de segundo del Milagro de la Memoria y de volver a saborear, sólo con pensar en ellos, los tocinos de cielo de la confitería de San Juan de Dios. Y mi infancia es mi vida --¿o debe ser al revés?-- porque es ley que así sea y porque ya lo dejó escrito aquél, el bueno de Rilke: <<No creáis que el destino sea otra cosa que la plenitud de la infancia>>. ¿Verdad, Valero?...



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    ©  Rafael Mariano Domínguez Fraile (ana casaenrama)

        Junio de 2015


martes, 31 de marzo de 2015

A Vd., Señor JOBS... A ti, querido STEVE.






... Seguid hambrientos...¡?

... Seguid alocados...¡?









  ¡Oh, Señor Jobs!, en su discurso de graduación a los muchachos de Stanford adoleció usted totalmente de falsa modestia. ¡Sí! No dejó que asomase a su magnífica Historia ni un atisbo de su genialidad innata y, lo que es más importante…, adquirida. Las aherrojó bajo siete llaves en una mazmorra para que nadie sospechase que la base de todo lo que había conseguido estuvo en su talento portentoso. Usted, Señor Jobs, prodigio de hombre, es la prueba palpable y viviente de que la excelencia se abre paso siempre, dentro o fuera de la Universidad; pero…, no siguiendo la trocha de la recua... abocada al instinto, a la intuición y a la fuerza del corazón --todo muy digno de letra y música de Joan Báez--. Sabemos que toda la corrida emoción anterior fue un copiapega añadido a posteriori por usted --como muy bien reconoció en el atril del campus de Stanford--, uniendo los puntos románticos, bucólicos, sensibleros, ascéticos y artísticos de su fantástica vida..., Señor Jobs.
                      Les camufló a los chicos lo más importante --«trabajamos mucho», apareció una sola vez en su discurso y de pasada-- , que es: el tesón y el esfuerzo intelectual constante realizado por usted para conseguir tanto; el haber puesto los talentos suyos a buen interés interanual. Además, haberse despedido ante personas que le escuchaban embelesadas --por no decir embobadas-- como amantes seducidos, con el: «Seguid hambrientos, seguid alocados», recordó, de forma infausta, un poco todo aquello del "Tierno" y Viejo Profesor …

Para aumentar la mente humana no hace falta «aumentarla» de estas formas, y menos recomendárselo a la chavalería, mi querido Steve. Un abrazo enorme allí donde estés. ¡Ah, se quedaba en el tintero!...: por las mañanas, cuando los humildes mortales nos enfrentemos ante el espejo cuestionándonos aquello de: Si fuese el último día de mi vida, ¿haría lo que voy a hacer hoy? Aparte de mil respuestas y «posturas» ocurrentes, nos gustaría, a los que aún no necesitamos comenzar el día con Prozac, que desde el fondo del espejo, allá al final de esa luz que aparece en nuestro ojo, saliese usted con su candil para iluminarnos..., no el último día de nuestra vida --por favor--, sino durante el resto; teniéndolo como modelo de tesón y coraje, de arranque, de fuerza mantenida, y sólo en algunas ocasiones, como consejero emocional… Lo dicho Steve, que el amor incondicional de los tuyos y la admiración de todos te acompañen. 
Un abrazo.


Discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford durante el acto de graduación del año 2005.






     
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    ©  Rafael Mariano Domínguez Fraile (ana casaenrama)

        Febrero de 2015

domingo, 8 de febrero de 2015

Mi Avatar.








El maldito reloj interior, amén de su próstata sobredimensionada ya rondaba los cincuenta, le hicieron abrir sus ojos, ponerse sus perennes gafas, calzarse sus chanclas eternas en verano y dirigirse con mucho sigilo, para no molestar el bendito sueño de Mau, hacia el baño más alejado del dormitorio. Allí le esperaba Roca: loza lechosa, dichosa y testigo siempre al amanecer del semblante inefable de alivio de Lalo. Era el primer momento de indecisión del día, pues dudaba si apuntar hacia el agua remansada en el fondo, con el consiguiente ruidito, o hacia la loza, con sus salpicones tan monos y desagradables; solía ganar la opción intermedia, al fin y al cabo, no hacer ruido con la cisterna era también complicado, y limpiar un poco el reborde de la taza era asimismo asaz obligado, pues si la anterior visita al señor Roca había sido la de su adolescente, indolente y a ratos zangolotino hijo, éste no era siempre tan escrupuloso como el padre. Mientras que con su trocito de higiénico sacaba brillo hasta a las bisagras cromadas de la tapa, cavilaba que todo esto era preferible a la mariconada de mear sentado tan asentada en otras latitudes. ¡Qué suerte ser meridional a todo trapo!, exclamó para su capote Lalo, a la vez que se congratulaba, dándole con brío al pulsador de la cisterna.
Lavadita de manos, gafas y cara; el día había comenzado para una persona que en cualquier nimiedad había aprendido a ver y sentir el milagro, si no de la vida, sí de estar vivo, muy vivo.
Alzar la persiana del salón era el segundo reto que le afanaba contra los decibelios. Una casa al amanecer es como la caja de una guitarra española cuando se roza su cuerda más grave: cualquier tañidito sobre ésta causa gran resonancia. Despacito subía la persiana; la corredera de cristal era su aliada, ésta sonaba poco. Listo; acceso libre a la terraza y al jardín, su otro gran amor.
Lalo no encontrará nunca explicación al hecho de quedarse pausado, pasmado, extasiado durante largos minutos en el jardín de su casa al amanecer. Se recrea en el tomo que ha cogido la grama después de tanto cortarla, regarla, abonarla y vuelva usted a empezar. Conscientemente no relaciona la simpatía que siente hacia los bordes cortados casi con regla y el verdor rayando la negrura de su pradera; no asocia la voluntad de perfección que lleva él con su jardín, con la  voluntad de poder de la grama. Lalo y la grama están tan bien avenidos, como un padre esforzado viendo a su hijo rebelde hecho un hombre cabal al paso de los años. El arte de su jardín era una forma de expresar su propia vida. Se sentía fuerte y salvaje como los brotes en mayo de grama, buganvilla y pitosporo, pero los límites de esta brutal fortaleza estaban limados por su sentido de comunidad, traducido en su vida... por su Familia. Ésta era para él, lo que la tijera de podar y el cortacésped eran para su jardín.
A su mente aún legañosa le vino las palabras del maestro Ortega: «He reducido el mundo a mi jardín y ahora veo la intensidad de todo lo que existe». De pie en la terraza, observando en el horizonte los largos dedos azafranados de la aurora desperezándose, hizo buena la frase de su amigo Santayana: «La vida consciente es un sueño controlado». Giró ciento ochenta y un grados sobre sus talones y se recreó ahora en la visión del apartamento bajo con jardín; éste, había sido el sueño hecho ladrillo, cemento, aluminio y cristal, de él y de Mau. Lalo había sabido llevar al terreno de sus gustos a su mujer. El Mar le atraía, le llamaba, le susurraba; la afición la sentía no por el mar en su totalidad, no por su bastedad, no por lo lacónico y lo bucólico de él; tampoco por aspectos por decirlo de algún modo más mundanos, como deportes náuticos o similares; ni tan siquiera se sentía abrumado por las duras profesiones relacionadas con el piélago, tal como su buen amigo Lucrecio, siglos antes, había sabido plasmar como nadie: «Es dulce, cuando sobre el vasto mar los vientos revuelven las olas, contemplar desde tierra el penoso trabajo de otro; no porque ver a uno sufrir nos dé placer y contento, sino porque es dulce considerar de qué males te eximes». Su amor por él estaría definido como algo complejo; compuesto por un lado por un sentimiento irracional e innato que lo avasallaba, y de otra parte por un ambiente, sí, como suena, un ambiente; como el que podría darse en la barra del bar de un cine de verano cuando cortan la película, no siendo este el caso. El entorno que lo imantaba era limitado, y por ende medible y asequible para él, y le daban forma los siguientes elementos: la Orilla próxima y unas decenas de metros hacia la raya, hacia el horizonte; así como la Visión relajada de Lalo como observador situado al borde del mar fuera éste de arena, cantos o roca, frente a la raya perfecta; y, por último, el Sonido de las olas al romper, bien fuese remansadamente en las finas arenas del Mediterráneo, con el relajante siseo de sus cortos flujos y reflujos, o con el murmullo del aplauso que llega y se apaga en orillas bravías y soladas de conchas... Este era el entorno que lo imantaba.



Visiones y sonidos, por no hablar de olores y caricias de brisas sobre su piel. Si quisiéramos rematar el ambiente ensortijado por los cinco sentidos, sólo nos faltaría añadir el bote de cristal con su salmorejo en la neverita de playa, que no se sabe si con más asombro que envidia veían sacar los bañistas de alrededor. Todo estaba como codificado en él desde muy pequeño, desde que sus padres allá por los años sesenta le descubrieron veranos atestados de sol, playas y alegrías. Fueron aquellos periplos en el 600 desde la campiña sevillana hasta la Costa del Sol.
Lalo siempre sostenía que el gusto por paisajes y entornos de montañas e interior era un deleite impostado y traumático, en el sentido que allí donde no se viera uno rodeado por la inmensidad del agua no se podría rememorar la entrañable sensación de seguridad del vientre materno, y menos aun los albores de nuestra existencia. La montaña y el interior le parecían duros; el mar, la Mar, se le antojaba reconfortante. Era capaz de clasificar caracteres en base al gusto por el mar o por la montaña. Así pues, se podía ser dulce, melancólico, afable y sentimental; o bien rudo, realista, altivo, despegado… Esta reducción sobre la idea de: dime a cuántos kilómetros de la costa te sientes a gusto y te diré cómo eres, la fundaba en buena parte en lo dicho por su amigo Lao-Tse: «Lo blando vence a lo duro, lo débil vence a lo fuerte. Todo el mundo conoce esta verdad, pero nadie la practica». Ahondando aún más: relacionaba la montaña con la parte más primigenia y «dura» de nuestra mente, ese bulbo que nos emparienta con los reptiles. Así, que si te gustaba el ambiente serrano, tú serías una persona instintiva y poco sofisticada. Sin embargo, el mar lo relacionaba por su condición de mullido y acogedor con las esferas más modernas de nuestra mente, estando éstas en íntima relación con la parte más noble, creadora y abstracta de nosotros.
Cierto día, Santayana le espetó que su teoría era buena, pero que sin duda sería igual de gentil contada al revés. Él se molestó sobremanera y le rebatió argumentando que si había visto a algún lagarto en una ciudad costera estremecerse delante de un Sorolla; Jorge Ruiz, de tapadillo, se sonrió por el desvarío, y le refutó de nuevo con aquello de: «un genuino amante de lo bello podría no entrar nunca en un museo»; a lo que Lalo prefirió no dar más réplica, y en un acto de simpático e íntimo desagravio tiró de la competencia, y muy para sus adentros recordó al gran Camus, ese otro gran enamorado del mar: «¡Gran mar, siempre trabajando, siempre virgen, mi religión con la noche! El mar nos lava y nos colma en sus surcos estériles. Nos libera y nos mantiene erguidos. A cada ola nos hace una promesa, siempre la misma. ¿Qué dice la ola? Si tuviera que morir, rodeado de frías montañas, ignorado del mundo, renegado por los míos, en fin, al cabo de mis fuerzas, el mar vendría a último momento a llenar mi celda, vendría a sostenerme por encima de mí mismo y a ayudarme a morir sin odio».
La combinación de sol, brisas y baños durante los largos días del estío le servían para cargar las pilas de su salud. Se vanagloriaba durante el largo invierno viendo caer a su alrededor aquejados de resfriados a unos y otros, mientras él lucía lustroso e indemne haciendo gala de sus reservas veraniegas. Los baños de sol sin hacer herida; este era su lema y su medida. Hacía cruces sobre los salones de rayos uva, pues no entendía cómo el personal, si realmente gustaba de los favores del hermano Sol, no disponía de un cuarto de hora para tomarlo en la terraza o en la azotea de sus casas. Era el que más aplaudía la actitud de ingleses, alemanes y holandeses, viniéndose a vivir a las costas mediterráneas. Ellos sabían dónde estaba el tesoro y habían venido a buscarlo. Ellos hacían buena la frase de Meleagro de Gádara: «La única patria, extranjero, es el mundo en que vivimos; un único caos produjo a todos los mortales»; o aquella otra que llevaban grabadas las legiones romanas como carta de presentación: «ubi bene, ibi patria», que al cambio venía a ser algo así como: allí dónde estoy bien... tengo mi patria.
Sólo con observar pasear a los guiris durante un día soleado de invierno en cualquier paseo marítimo… Eran de ver: si te cruzabas con ellos y les mantenías la mirada te sonreían, te saludaban; sus ojos todos claros brillaban con la luz del agradecimiento y la alegría de poder disfrutar y compartir el clima que la Providencia había puesto en estas latitudes. No sólo veías jubilados de países del norte como antaño, ahora se dejaban caer parejas jóvenes con sus retoños. ¿Dónde criar a la prole mejor que aquí?, pues en ningún sitio, se contestaba él mismo. Niños bien dotados genéticamente más sol meridional… ¡Con estos, con estos se tienen que mezclar los nuestros! Mientras hacía su cavilación eugenésica una urraca se posó sobre la grama del jardín; esculcó, picoteó y, con sus andares como de niño embutido en saco de carreras, repitió la operación aquí y allí. Esta imagen le trajo otra de su infancia: los espurgabueyes sobre los lomos de los toros bravos en las dehesas de La Campiña sevillana. El sol del Sur había sido su vida hasta bien cumplido el cuarto de siglo. Sol rabioso; metido en vereda por tierras fértiles, envidiables, las cuales llenaban los graneros y las despensas de toda España.
¿Por qué el sol estaba tan centrado en la vida de Lalo; por qué casi le obsesionaba? Él se decía que había hecho un ejercicio práctico y de justo reconocimiento sobre la figura del astro rey. Afirmaba que el noventa por ciento de la población mundial había desertado de su vinculación consciente con la naturaleza, y por ende con su motor Helios. En las ciudades y pueblos de la Tierra los paisanos en general no tenían ni noción ni tiempo para pensar sobre el hecho milagroso y misterioso de la salida y puesta del sol. Para aquéllos, éste se encontraba ahí de igual manera que la luz del frigorífico cuando se abría su puerta. Lalo, sin embargo, reconocía el gusto que tuvieron los pueblos ancestrales adorando al hermano sol y la hermana luna. Nuestros antepasados se postraron acongojados ante éstos, pues eran conscientes de que si algún día el sol tenía un desliz, un devaneo, y se le ocurría no salir..., sus cosechas y sus animales se harían hueros. Una semana de vacaciones del astro rey noche profunda, significaría la muerte por congelación, así estuvieran los del taparrabos a la sazón en el Sahara mismo. Lalo no era tan simple y pardillo como para reconocer que aquellos sentimientos y angustias no eran extrapolables a nuestros días, pues en general todos sabíamos que el hecho de que no saliera el sol una jornada... era tan imposible como tirarle una piedra a la suegra y que el chinote se desviase y apareciese en la luna. No, lo chocante para él era que el personal no reflexionase nada sobre el Misterio que había encerrado en toda la naturaleza. Este hecho era para Lalo el síntoma inequívoco del endiosamiento, la vanidad, el orgullo mal entendido y la autosuficiencia del hombre «moderno». Para él, Dios estaba en la fuerza de la gravedad; en el hierro que compartíamos las estrellas, el corazón de la Tierra y nuestra propia sangre; en la distancia justa que separaba el planeta azul del sol, y que permitía la vida. En última instancia, Dios, el Misterio, se encontraba en la descarga de sus neuronas que hacía posible estos pensamientos. El Misterio, para Lalo, era algo hermoso que se nos había dado; pensaba que quien no era capaz de asombrarse, de maravillarse y de saberse retirar a ratos de la lógica y la razón a ultranza..., estaba muerto en vida… Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas… No era suya la frase, era del Maestro Borges.
En el achantarse, en el quedarse sin aliento y sin respuesta ante la última causa sin explicación, aquí encontraba Lalo la clave para ahondar en cualquier pensamiento transcendente o sentimiento religioso. Un acto de fe, religioso o no, tenía para él la fuerza y lo reconfortante de saberse grande por tantas respuestas para millones de cosas, pero estaba y se sentía exento de darle cuerpo al postrero motivo y fundamento, al último porqué..., para lo cual bastaba un: sí, creo. Este tipo de exención estaba ligado a su vida no sólo para actos de fe, religiosos o no, sino para las promesas, los votos.
El ejemplo más claro era su Familia. Si se había comprometido con Ella, ¡qué más daban los altibajos sentimentales, emocionales y económicos! Su fuerza y su confort apuntaban en este sentido: podría haber mil explicaciones para variaciones en las emociones y sentimientos, pero había un núcleo duro exento de toda mudanza; estaba a salvo por una fórmula mágica: , Quiero.
Para él, esta forma de pensar no estaba fundada en ninguna mojigatería, menos aún en una concepción afectada de romanticismo. El amor en lata al estilo Hollywood era la antítesis de su vida, pues estaba convencido que lo romántico al estar afectado por la pasión era un amor sembrado de dudas. Expresiones tales como incompatibilidad de caracteres o se les acabó el amor de tanto usarlo, le repateaban el hígado, y algo más…
Ser amigo de Chesterton era muchísimo más complicado que serlo de la pose profesional de Jorge Javier Vázquez, y no podía por menos que acordarse del primero: «Si los americanos pueden divorciarse por (incompatibilidad de temperamentos) no puedo entender por qué no están todos divorciados. He conocido muchos matrimonios felices, pero nunca uno compatible. La idea del matrimonio es luchar y sobrevivir el instante en el que la incompatibilidad se hace incuestionable. Porque un hombre y una mujer, en cuanto tales, son incompatibles».
A Lalo le gustaba enlazar estos pensamientos y a la vez relacionarlos. El Arte era para él el epítome perfecto, así como la encarnación de esta forma suya un poco peregrina de pensar. El sentir popular nos decía que la obra artística era fruto de las musas, de la inspiración que viene y va caprichosamente. Él estaba convencido de todo lo contrario; y cuando observaba «la fiesta del pan» de Sorolla, lo que principalmente alimentaban sus entendederas eran pensamientos sobre el frío o el calor sufrido por el valenciano mientras pintaba por La Mancha; el peso descomunal de esos marcos y bastidores, o si el mecenas de Nueva York pagaría en forma y fecha el trabajo realizado.



Las amapolas. Oleo y acrílico sobre lienzo, de 1 metro X 1 metro.
Isabel Gómez Oñoro.

Disfrutaba Lalo viendo en el Arte en general salidas tangibles y, a la vez, sublimes de su modo de pensar. Si el mundo artístico en todas sus facetas estaba afectado en muchas ocasiones por una pátina de esnobismo y superficialidad, él sabía que rascando esta pelusilla siempre aparecería aquello con lo que se identificaba y se fundía: la parte de la férrea voluntad humana que cual mano divina rompía e interpretaba a la naturaleza; y aquello que una vez leyó, y que por muchas vueltas que ahora le daba no sabía a quién endosárselo: que el Arte comenzaba allí… donde la razón no encontraba más explicaciones. Esto último, y esenciado en la sonrisa de la Gioconda, era lo que a él le encandilaba y hermanaba directamente con el hecho de caer de bruces ante el Misterio.
El no saber reconocer y apreciar todo lo anterior de forma consciente había despertado partes de nuestra mente menos aparentes y escondidas, pero presentes con gran fuerza; partes que arremetían desde el sótano, desde la inmensidad oceánica del subconsciente colectivo. Eran fuerzas que reclamaban que no era bueno el estar solo; predicaban angustiosamente sin ser oídas, que humillarse ante la última pregunta sin respuesta no era necesariamente propio de seres inferiores e incompletos. Estos tótems arremetedores, profundos y ávidos de ser alimentados, eran contestados por nosotros con actitudes acomplejadas y descafeinadas; intentábamos entretenerlos y disiparlos con cachivaches de soberado que nunca saciaban las necesidades arcaicas. Con el fin de contrarrestar Afirmaciones tan molestas como lo Misterioso, o los grandes compromisos de la vida que intentaban fluir desde el fondo de nuestras mentes, nos habíamos sacado de la manga muletillas para torear tremendo toro, tales como pseudo religiones ecología-ecolatría, tomadas de forma radical, con las que sólo acariciábamos la cerviz del animal. En otras ocasiones, amansábamos y anestesiábamos a la bestia con el simple acto de consumir, consumir y consumir.
Evocó a Savater, y le sacó del apuro en esta ocasión: «…la ecolatría se ha convertido en el dogma pintiparado de beatos sin fe transcendente y comunistas sin comunismo…». Era de ver la manía ecológica: había que separar la etiqueta de papel del bote de cristal, no fuésemos a dañar el entorno, el ecosistema, la sostenibilidad… Yo reciclo, ergo duermo tranquilo. Era: ¡reciclen, coño, y sálvense, ar!




Para Lalo, las modas medioambientales, las pseudo religiones ecológicas e incluso la monomanía consumista, no eran más que neurosis mal resueltas causadas por todo lo que había reflexionado con anterioridad. Eran malas soluciones o soluciones a medias, evitando afrontar el hecho sin complejos y con responsabilidad plena, de que los humanos éramos, de forma sanamente entendida, el súmmum de las especies en nuestro planeta. Teníamos ante la madre Tierra un deber cultural y estético; preservaríamos lo mejor que pudiésemos nuestro entorno, pero de este planteamiento... a la esclavitud de no probar la carne o sufrir por no ser escrupuloso con el uso de los cuatro contenedores de basura, iba el abismo que separaba su forma de pensar con la que reinaba, si no de forma generalizada, al menos sí a menudo. Empero, jilguero caguernera en su tierra de adopción que no le cantase durante tres o cuatro meses seguidos, era jilguero que se podía sentir en libertad: le abría la puerta de la jaula. Además, a la hora de cavilar sobre lo que se comería en su casa, prefería cocinar pollo o pescado, antes que lo que él llamaba nuestros hermanos los mamíferos superiores. Conque Lalo, a su estrafalaria manera, también contaba con un corazoncito mini-ecológico.
Para él, quien mejor había expresado parte de todo este tótum revolútum, de este batiburrillo de pensamientos sentidos y sentimientos pensados, había sido su gran amigo Albert Camus: «He aquí también unos árboles cuya aspereza conozco, y un agua que saboreo. Estos perfumes de hierba y de estrellas, la noche, ciertos crepúsculos en que el corazón se dilata: ¿cómo negaría este mundo cuya potencia y cuyas fuerzas experimento? Sin embargo, toda la ciencia de esta tierra no me dará nada que pueda asegurarme que este mundo es mío. Me lo describís y me enseñáis a clasificarlo. Me enumeráis sus leyes y en mi sed de saber consiento en que sean ciertas. Desmontáis su mecanismo y mi esperanza aumenta. En último término, me enseñáis que este universo prestigioso y abigarrado se reduce al átomo y que el átomo mismo se reduce a electrón. Todo esto está bien y espero que continuéis. Pero me habláis de un invisible sistema planetario en el que los electrones gravitan alrededor del núcleo. Me explicáis este mundo con una imagen. Reconozco entonces que habéis ido a parar a la poesía: no conoceré nunca».
¿Lalo estaba lelo? No. Simplemente, a tan intempestiva hora, resguardado sólo un poco en la terraza del jardín, era víctima de ese pico de baja temperatura que se da justo antes de la salida del sol. Sus pensamientos no es que estuvieran ateridos a aquella hora, sin embargo le faltaban la calidez y claridad que el paso del día, quizás, le irían dando. Todavía el cielo de la Marina Alta su universo, su mundo no se había incendiado, pero antes de desayunar quería seguir siendo pirómano de los tiempos que le había tocado vivir... ¿Eran acaso éstos muy diferentes a otros pasados o venideros? Él tenía claro que a grandes brochazos, no..., ¡o a lo mejor sí? Grandezas y miserias habían sido calcos unas de otras, tiempo tras tiempo. Cambiaban los personajes pero el escenario la condición humana siempre se repetía: de igual manera que la sonrisa maliciosa de las azafatas al soplar por el tubito del chaleco salvavidas...





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    ©  Rafael Mariano Domínguez Fraile (ana casaenrama)

        Febrero de 2015

miércoles, 21 de enero de 2015

EL GORRIÓN DE ESTE AÑO.












A veces, a última hora de la noche --cuando cansado de todo me asomo a la luna de Valencia del cuarto de baño-- me extraño del reflejo dispensado. Porque, ¿quién es ese tipo que madrugada tras madrugada, desde que su madre le apuntó que “para lavarte una sola vez al día el comedor... que sea a penúltima hora, rafaelito", se acomoda y a la vez se atribula cara a cara al espejo, teniendo en ristre el duro de “Deliplús” y desenfundado en la otra mano el Colgate?...; ¿quién es ese tipo?



Yo soy aquél… ¡No se rían, coño! Creo que soy el mismo que el de hace decenas de miles de años --y aprovechando una pequeña tregua de la hija de mona de la leona mientras nos perseguía por la sabana africana--, derrengado de tanto huir se reflejaba sobre el remanso de un arroyo, de la ciénaga... más bien. ¿Qué le hizo fuerte y humano por fin a mi pariente lejano de la sabana; qué me hace potente y hombre por fin a mí? Lo mismo: después de tantos y tantos miles de años, lo mismo. El sabernos en precario durante el camino, el ser conscientes de ello, más bien.










Lo de levantarse cada mañana y no liarse a guantazo limpio con el resto de la familia... por el simple hecho de que te pisen el quemador preferido para calentar la leche, la tostadora, la parte del bollo que más te gusta..., por no hablar del momento w.c. tan inexcusable como excusado...; en fin, todo lo anterior sería milagroso y por ende inexplicable, aparte de todo lo que le resta a la jornada, si no fuese por el motorcito interior que nos hace divinos y humanos, o mejor, humanos y divinos. Humanos, en el sentido que sabiéndonos destinados a morder inexcusablemente el polvo y conscientes de que el Superyo tiene los días contados, así y todo, este motor mundano nos arranca amanecer tras amanecer para paliar nuestro cruel sino. ¿Y cómo lo hace; qué gasolina le echa? Mil maneras, combinaciones y versiones tiene este motor; las más potentes, dignas y, finalmente, redentoras son: el Trabajo, el Arte como sublimación de nuestra exclusiva naturaleza, y el Remanso consciente en el camino. Éstos, son los 3 apósitos con los que nuestra parte humana cubre las “miserias” de nuestros destinos. Pero es “Boxer” nuestro motor: a lo humano tiene contrapuesto otro impulsor que complementa las labores puramente mecanicistas, mundanas y severas --casi atrabiliarias-- del primero, y engrasa nuestra sequedad espiritual. Y no hablo de Dioses ni de transcendencia; no, sino de aquello que, también sublime como Deméter o Ceres, tira con el mismo “caballaje” que el Trabajo, el Arte o el dolce far niente: la finalidad NOBLE y última de la acción, de las acciones. Ésto es lo que nos hace vivir con plenitud y como HOMBRES: el valor y la generosidad del destino de nuestros actos. El inmolarlos en el ara de la vida plena: aquella que se sostiene en la satisfacción y la camaradería al penar alegremente...


                     





Hoy he despanzurrado, dios sabe que sin querer, incluso frenando, un par de gorriones en la carretera; es así cada aperreado día de invierno, cuando los pobres ateridos de frío y hambre se la juegan más de la cuenta para “jincarse” lo que buenamente pueden sobre el asfalto. Me he aliviado al pensar en mi primo africano de la sabana, el de hace miles y miles y miles de años; pues yo sé que él y yo seguimos siendo el mismo, pero los hermanos gorriones nacieron, vivieron y murieron sin saber que son los mismos que los de la temporada que viene... Y no sé qué es mejor, la VerdaD.








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    ©  Rafael Mariano Domínguez Fraile (ana casaenrama)

        Enero de 2015









viernes, 12 de diciembre de 2014

¡¡¡ FELIZ NAVIDAD !!!





                                           

                                                                              Feliz    Navidad  
  


                                              ...con un poco de lagrimita... ♫ ♬ ♪ ♩ ♭ ♪


  
                                          
                                               

  

Si con seis añitos te han probado varios pantalones, hasta que una voz experta finiquita la tarea, administrando su pericia y afirmando que los de goma espuma azul marino son los más indicados porque están casi para tirar, y que parcheándolos harán los pantalones pintiparados de un pastorcito de Belén. Si el sombrerito de paja, que para dar con él se ha hecho esperar hasta última hora, no sabiéndose si el niño irá tocado en la cabeza o tocado del ala por no irlo de la testa. Si el gusto por las camisas de franela a cuadros perdura aunque tu mujer te repita hasta hacerte sonreír... que de esa guisa ella no va contigo ni a recoger una herencia. Si siendo pastorcillo en el Belén de Santa Isabel, justo antes que el fotógrafo gritara gratuitamente a un grupo infantil estatuario: ¡Niños, quietos por favor!; si hay alguien a quien todo lo anterior, o circunstancias análogas vividas, aún le remueve la emoción y la parte alta del estómago, se hará cargo entonces de que la semilla de la Navidad fuese abriéndose camino en una tierra joven, fértil y con tempero para arraigar. Y si la representación fue sobre una tarima colocada en una de las cuatro esquinas de la galería porticada de mi primer colegio..., entonces, soy yo quien debe explicar algo más detalladamente la Navidad, mi Navidad.






Me imagino que el Maestro Chesterton se referiría también a situaciones como ésta cuando nos cautiva diciendo: <<Una religión no es la iglesia a la que uno va, sino el universo en el que uno vive>>. La Navidad es…, fue un Mundo donde todo me cuadró. El círculo se cerró, y en el coso se cocieron cosas que fundaron, que fundamentaron. Pretendían explicarme la santidad de Madre e Hijo, y yo simultáneamente lo traducía y lo asimilaba de forma instantánea viéndonos a mi madre y a mí... Me hablaron de épocas de frío, de Dioses Padres y Dioses Hijos, de cuevas con ganado; y aquel niño, con bufanda y guantes de lana, iba acomodando las representaciones y las ideas a su vivo imaginario. Y en mi todavía corta existencia no notaba grandes chirridos entre el mensaje, y las imágenes que me llegaban, y la experiencia vivida bajo el tejado de mi casa.



Recordándome arreguinchado en una amplia mesa de un vasto comedor, con las manitas sobre los corchos que hacían de linde entre el universo del Belén y lo demás que poco importaba, veo ahora con estos ojos miopes en la frontera del medio siglo que todo el espectáculo y la parafernalia pergeñada y montada por mi madre fundó en sus hijos un mundo con la esperanza cimentada en una religión, donde la Fuerza Suprema y Todopoderosa se había encarnado en un Niño como nosotros hacía 196… años.

Allí, en aquella mesa de comedor arrinconada que se me desdibuja en el tiempo, nacieron mi optimismo y mi alegría con fundamento, que siguen rigiendo mi vida; y entre tantas casas del pueblo, mi abrigado hogar acogía y celebraba la Sagrada Familia en ese establo desvencijado. Y ahora, en este preciso instante, creo entender y desentrañar mi manía por envolver las cosas de mediano valor para arriba entre dos o tres bolsas consecutivas; y me gusta recrearme con la siguiente visión, como si en una especie de juego de muñecas rusas estuviese inmerso el discurrir de todo lo que sucede en Navidad..., hasta llegar a la Célula Madre...: Me topo con la primera muñeca, y abriéndola, tengo una visión aérea y general del pueblo, con la totalidad de sus casas defendidas por las torres de sus iglesias; destapo la segunda muñeca, y surcando no se sabe cómo un raso y enlucernado cielo nocturno me adentro por el soberao de mi casa; y al final, descubriendo la tercera, veo a unos niños delante de la más bella paradoja chestertoniana que jamás podrá ser enunciada: <<que las manos que habían hecho el sol y las estrellas eran demasiado pequeñas para alcanzar a tocar las enormes cabezas de las bestias del Portal>>..., veo a unos niños que sólo quieren que sus padres dejen el comedor a media luz y les enchufen las intermitencias de luces y campanitas..., las cuales les hacen mirar en cada destello: una vez al Portal, otra a sus padres, una vez al Portal, otra a sus padres…





Hoy me recreo imaginando desde la esquina opuesta de aquel comedor un hogar que ya nunca volverá... Y veo a hurtadillas a aquellos niños hipnotizados con luces intermitentes y vapores de serrín. Hoy penetro en el lógico y lento discurrir de las cosas, de los aconteceres; y disfruto con el doble y simultáneo milagro del Niño nacido Dios con un mensaje revolucionario bajo el brazo y de La Estrella que corrobora asimismo su divinidad... no cayendo sobre La Cabeza de la cristiandad.




Mirando hoy El Portal, me explico por qué en occidente (no hay) no había apenas ateos en las trincheras, y por qué éstos, ni tan siquiera en lo más rabioso del nihilismo, no han sido capaces de demoler iglesias de forma fría, masiva y calculada; sintiéndose sólo embriagados gallitos contra indefensas personas y símbolos ligeros; pero lo que es la mole, el universo, el edificio…, lo más, sólo quemarlos o arañarlos como histéricos. La Semilla es profunda; el Símbolo incrustado les apabulla. Siempre les asalta la imagen sagrada de una madre y su hijo; un hombre crucificado injustamente tal vez como ellos. Respetan en lo más hondo de sus almas a la madre, a su hijo recién nacido y luego crucificado, al universo de piedra y ladrillo que los rodea, y que no es otro que el Templo que los sobrepasa..., que los supera. Y sólo como infantes enrabietados tirando lo que hay encima de la mesa, ellos patalean queriendo romper y quemar todo lo que a mano encuentran. Pero si han conocido el calor del pecho de su amada madre, el candor de su mano, y han asimilado el estrépito silencioso de las estrellas que no se caen sobre sus cabezas, entonces, en occidente seguirá brillando y reinando la opción más revolucionaria que jamás saldrá de nuestras almas: la divinidad del hombre.









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    ©  Rafael Domínguez Fraile

        diciembre de 2015