Cuando el comandante Pedro Pamplinas, a siete minutos del despegue en Manises, ha virado como en parque de atracciones treinta y tres grados a estribor ese rompecabezas europeo con alas del Airbus 380, yo he podido enfilar en lontananza a través de mi ventanilla --y teniendo como punto de mira el extremo del borde de ataque del ala-- el Cabo de San Antonio: una de las puntas del otro golfo de Valencia... Sólo volando pueden ocurrir más milagros como el que en estos instantes está a punto de fraguarse ... ¿Pues no que oigo susurrar allá por el triángulo mágico de las bermudas a todas horas a toda costa y en toda estación --Gata de Gorgos, Jesús Pobre y la bendita Jávea-- a unas parlanchinas hijas del forraje?... …
Paseando
a Miss Ceres...
¿Te
has enterado Eneldo? –le preguntó entusiasmado el Zarzal a tan
ilustre, encopetada, aromática y vistosa hierba.
Algo
me ha comentado la Avena Morisca, ¡guapetón! -le contestó la del
sombrerito a su espinoso amigo.
Cuando
la avena loca, el alpiste vanillo, el zarzal, la grama fina y el
eneldo, se encaminaban al caballón que hacía de linde entre
parcelas, allí se toparon con el junco y varias colegas más,
dispuestas todas a darse un festín entre tanta viña, almendro y
naranjo a punto de ser abandonados. La noticia había corrido más
que un fuego durante un ponientazo de agosto... Vicente y sus
hermanos no se ponían de acuerdo en el reparto y el uso de los
bancales y de las parcelas.
Segregada
la tierra durante varias generaciones, el cociente iba menguando de
tal manera, que lo que producían los lotes cada vez más aminorados,
multiplicado por los precios de naranjas, uvas o almendras, mermados
hasta el desespero, resultaba una cantidad en euros o en
pesetas... que no justificaba entre los herederos el descomunal
inmovilizado de donde salía. Policía Local uno, empleada de la Caja
Rural otra, y un tercero sin oficio y cada día que pasaba menos
beneficio, lampando por liquidarlo todo y salir corriendo, nos
mostraban el cuadro propicio para que abuelos, bisabuelos,
tatarabuelos, y así sucesivamente, desde sus muy bien ubicados y
soleados nichos en el incomparable marco de la Marina Alta
alicantina, se contorneasen cuales pollitos de asador, sacasen el
pañuelito con el que los amortajaron y dijesen hasta siempre a sus
amadísimas haciendas...
Un
viñedo con sus cepas plantadas de forma clásica -sin entrar en las
honduras y el desembolso de una moderna viña intensiva en
espaldera-, necesita como mínimo para producir con mediana
alegría: una poda nunca más allá de San Juan Bosco, hecha por
persona que sepa lo que se lleva entre manos; varios pases de
cultivador entre calles con el Pascuali; algo de escarda
manual a pie de cepa, allí donde no llegan las rejas del arado;
varias revisiones de los sarmientos a lo largo del ciclo. Y todo lo
anterior contemplado y aderezado por un precio de la mano de
obra... que ni Lagerfield cosiendo personalmente lentejuelas...;
abonos, herbicidas, insecticidas, fungicidas, gasoil, repuestos y
seguros, para echarles un galgo o un podenco y no trincarlos en la
vida debido a la aceleración de los precios...
Símbolo de los Illuminati de Baviera
¡¡Pues no... que parece que haya un "Illuminati" -un antiiluminado más bien- que le esté haciendo la cuenta a los que honradamente mantienen el Campo en pie!!... ""¿¿Qué precio le tengo que poner -se dice el *iluminado*- al kilogramo/litro de lo que producen estos ilusos del , para que una vez... habiendo ellos pagado -deducido- todos sus costes de producción, impuestos directísimos e indirectísimos incluidos, no se me mueran de hambre -no mucho más, vaya- y no me muelan a palos??""... Este lechuzo es vil dos veces durante la peonada... La bellaquería de las doce primeras horas consiste en poner minuciosamente en práctica lo maquinado anteriormente por él; y la canallada vespertina, tras haberse relamido con el codillo y el chucrut del mediodía, es saberse totalmente impune por el tipo de personas contra las que actúa: seguramente la gente del campo... -la que pone en nuestras retinas esa bellísima e infinita estampa de orden y concierto en el paisaje..., besanas como océanos de límpida clorofila-... Seguramente los agricultores y los ganaderos, que tienen grabado en su ancestral DNA el marchamo de docilidad y de cumplidores con todo su entorno hasta morir, sean los últimos en levantarse contra el lechuzo... ¡¡Y el hijo de perra del cernícalo lo sabe!!...
Y para colmo, remate y
puntilla, el DineroGanso del orbe se ha fijado últimamente en los
andares de la niña bonita de la Agricultura... ¡Qué horror!!! La
crisis de las sub-prime a mediados de la primera década del XXI hizo que paquetes
descomunales de dinero especulativo de Inversores Institucionales aterrizasen con sus fondos multimillonarios en el mercado de materias
primas agrícolas. Si haber “ayudado” -con su descerebrada
política de créditos mal y alegremente concedidos- a dejar a
millones de Familias sin su Hogar era grave, quitarles el último
bocado, sí, sí, como suena, coño, por no poderlo pagar, iba a
ser el colmo de la indecencia y del descontrol del mundo financiero.
Los Hogares de los países más pobres, en los que el gasto medio
porcentual en comida se cuadriplica con respecto a los ricos, están
sufriendo la inmoralidad que suponen las fluctuaciones injustificadas
de los precios, de hasta un ciento sesenta por ciento, en periodos
cortísimos de tiempo. El papel tan honroso que siempre tuvieron en el mundo del campo los
intermediarios comarcales -tratantes-, al fijar y garantizar un preciojusto entre agricultores y fabricantes, y cuya justificación
ética era el soportar cierto riesgo, avalándolo -el precio- entre
unos y otros, se había ido al carajo con estos Hijos de la
Grandísima Chingada de los Capitales Especuladores.
Además -por si todo lo anterior a nivel global sugiere vaporoso diente de león-... Además..., si el precio de la uva en la Marina Alta alicantina lo ligan hoy, por aquello del
artículo treinta y tres, al de las cooperativas de Requena-Utiel en
plena campaña, o el de la almendra y la naranja viene dictado por
el proveniente de Turquía y Marruecos; entonces, habrá que comenzar
a pensar que las viñas en el rincón más oriental de la Península
hacen muy bonito, pero que así la cosa, pronto tendremos que
tirar de Virgilio para aquello de lo bucólico; que el azahar en marzo y abril satura todo ElPlá de Jávea de una forma que no
puede ser definida más que por expresiones tales como divina y
bendita, pero que una vez cuajado y madurado en fruto, éste, no
dé ni para ser recogido; y por último, que si los almendros y
todos sus primos los prunus van despertando con sus vistosas flores
a la primavera que aun no llega en enero o febrero, pero el destino de sus dueños -y
el de ellos mismos- se firma allá en Turquía, entonces…
entonces
-le explicaba Rafael a Ceres, ambos con los cuadros de las bicis entre
sus piernas-, veremos cada día que pasa más parcelas y bancales como los que
tenemos delante.
Allí
se habían dado cita la flor y nata de todas las hierbas comarcales,
las endémicas y las postizas, pues ya se veían vacilar aquellos
intrusos plumeritos argentinos.
Si
dicen que Dios es argentino -rematando la perorata Rafael en la comarca alicantina-
, no es de extrañar que nos bendiga con estos pajoleros plumeritos
de la pampa. Están por todos lados –e hizo mueca de resignación el buen anfitrión...
El
peor cuento que nos puedan susurrar nunca al oído, a la luz de la ancestral lumbre, y estando aquí en mi Refugio... cautivado por la flama y el resplandor de este tocón de encina, esaquel que, de un modo u otro --una vez
abiertos los ojos tras la narración--, cumpla los siguientes requisitos: A) Nos suene a
chino cantonés --las demás variantes las vamos dominando con el de la esquina, el chino--. B) La
interpretación y el traslado del mensaje o moraleja del susodicho cuento, desde
nuestro imaginario hasta la vida real (la de a pie), nos chirríe como la
pajolera uña del de mates sobre la pizarra enseñándonos los
conjuntos biunívocos allá por los años setenta: si abrimos los ojitos tras escuchar La Cenicienta, es
obvio que vemos aquí cenicientas al borde de un ataque de nervios,
príncipes desencajados y como perritos falderos, y hasta suegros de ella muy muy
cabreados… Aquél, está claro, nos sirve en este sentido como modelo de buen Cuento... y no de
malo. Y C) Pretenda matarnos de aburrimiento sin más...
Y resulta, que planea sobre toda nuestra sociedad una versión --que mana de la fuente Madre de todas las Madres de lo políticamente correcto-- del cuento: BREVE HISTORIA DE LA HUMANIDAD CONTEMPORÁNEA, y su trasunto: BREVE HISTORIA CONTEMPORÁNEA DE LA HUMANIDAD, que está engarzada en todos los idearios de todos los colores como impecable soldadura del astillero de San Fernando; pero que por estar afiliada a A+B+C, considero que no es una buena versión de lo que deberían ser esos dos Cuentos, que vamos a dejar en singular..., Cuento. Y a ver si soy capaz hoy de convertirlo en uno Güeno... ¿Qué hacen ahí medio pasmados y parados pasando frío?... ¡Pasen!, que la chimenea está encendida y la compañía de ustedes me agrada un carro... Les advierto --¡venga, venga, acaben ya de entrar!-- que será narración sui géneris, pues en el decurso del cuento revoloteará entreverada, y a veces de forma no muy literaria, mi opinión... Así que ya saben, no puedo comenzar a relatar de forma más razonada y honesta... Que es lo que se merecen ustedes... ¡AH!, los móviles, por favor, en aquella cestita de mimbre junto al suelo, justo al lado de la cabeza del oso, en modo "voy a escuchar a éste 100%". ¡GRACIAS!
""Sin duda, ejem... Paco Pérez, peluquero
peinador, conoció a Lucy Pum en una conocida discoteca de cualquier
ciudad española con más de medio millón de habitantes. Ella
también lo conoció a él en idénticas circunstancias. Los papás y
las mamás de ambos habían emigrado a la ciudad cuando hubieron
llegado a edades de ganarse el pan y éste escaseaba en los pueblos
de España. La generación de los papás y las mamás de Paco y Lucy fue aquella que llegó al extrarradio de las capitales y compró con
sus pequeños ahorros la parcela donde, la mayoría de las veces,
construirían sus hogares con sus propias manos. Estas sufridísimas
parejas fueron personas nada liberadas, pero nada..., pues estaban
atadas por férreas necesidades y afectos. Estas Señoras no sabían
nada sobre movimientos de liberación de la mujer..., porque --por
suerte para ellas-- el mercado deltrabajo no las necesitaba
aún... Sus hijas y nietas no tuvieron más remedio que oír el canto y la
llamada de la brega fuera de casa, y entonces... se “liberaron”... No es que se liberaran desesperadamente de sus "yugos" y acto seguido buscaran
nuevos y más dignos horizontes en sus vidas; !¡no, no! Esa no
fue la romántica y bobalicona secuencia histórica con la que
comulgan l@s políticamente correct@s. Necesitaron buscar Más
pan para sus Casas, y - en - ese - punto - se -
“liberaron”... Hay que entender y saber leer ésto con OjosGrandes y Limpios --sin legañitas ideológicas--, porque aquí se habla en
general y estrictamente sobre marcadas e implantadas tendencias sociopolíticas, herederas
del machamartillo económico Occidental --con chistera o herramientas, me da lo mismo--, y no de las íntegras
excepciones vocacionales en uno y otro sexo y fuera del hogar. Las mamás de las Lucys
y de los Pacos tuvieron la enorme suerte de hacer un trabajo a
jornada completa que entendían a la perfección; fueron las Amas del
lugar donde los niños nacían y donde los hombres morían. Tocadas
por la fortuna, al no tener que trocar el ”yugo” del hogar por el
jornal de la fábrica o de la mina, estas mamás no tuvieron el gusto de conocer a
Ansari de Herat, quien sí las comprendió: “Sabe que cuando
aprendas a perderte a ti mismo alcanzarás al amado. No hay otro
secreto que aprender ni sé yo más que esto”.
No fueron matrimonios
mojigatos ni pueblerinos, menos aún catetos; sí castizos, sobre
todo en un sentido. Ellas tenían muy interiorizado que su faena en
la casa no era nada incompleta: laboraban y sufrían por sus seres
queridos; Ellos, que su afán fuera del hogar no era más excelso que
el de sus mujeres. Estas parejas fueron honradas transmisoras de un
mensaje nada subliminal: Que por --y con-- el sacrificio de sus vidas
cerraban un círculo más, engarzaban una generación con otra sin
grandes inconsecuencias. Estas Señoras se libraron en su época de
opiniones vertidas en periodicuchos por sus hijas y sus nietas, tales
como: “Los hijos se van a los dieciocho años --actualizado, ésto,
sería a los veintiocho o treintaiocho-- y entonces es cuando
te preguntas por qué no hiciste realidad tus proyectos”. Los
Proyectos de aquellas abuelas y bisabuelas salían por las puertas de
sus casas a dos patas, hechos y derechos...
“He pasado trabajando
muchos sábados, pero también he disfrutado al máximo las
vacaciones en familia”. Aquéllas no trabajaron muchos sábados,
los trabajaron todos, y el lugar donde lo hacían era un parque
temático paradójico --más grande por dentro que por fuera--, un
resort en plena naturaleza lleno de festividad, camaradería
y hasta de descanso a ratos...
La última perla: “Mi
marido y yo siempre tuvimos claro que ambos queríamos tener una vida
profesional”… De haberlo podido leer aquellas abuelas
“analfabetas”, les habría hecho bizquear. Vida profesional la de ellas; trabajo remunerado el suyo; moneda de cambio: el
reconocimiento, el amor de ida y vuelta de sus hijos y la solidez de
la institución que regentaban...
Fueron mujeres
cabalísimas --acabadísimas de hacer, para los de la logse y la lomce--, llenas de dignidad y de modestia. Se salvaron de la llamada
al pesebre consumista del que sus hijas no pudieron liberarse, pues
necesitaron viviendas más céntricas; electrodomésticos a “tutti
plen”, obsoletos al poco tiempo, y, en consecuencia, caros,
carísimos; guarderías infantiles; servicio doméstico; segundos terceros y cuartos coches, en fin, la furia y el tumulto comercial…
Pascal Bruckner le dedicó
cierto canto a esta generación; a ella le pudo haber regalado las
siguientes palabras: “El consumo es una religión degradada, la
creencia en la resurrección infinita de las cosas cuya Iglesia es el
supermercado y la publicidad Los Evangelios”.
Hubo durante aquellos
años leyes desiguales --es cierto, escandalosamente desiguales--, en esencia y en
apariencia muy injustas, donde las mujeres quedaron en segundo o
tercer plano; ahora bien, nunca antes del culto al consumo, ni de que
pagásemos casi tanto por lo que comíamos como por lo que lo
envolvía; pues bien, nunca con anterioridad a estos cretinos
momentos, ni mujer ni hombre tuvieron necesidad de firmar letras,
pagarés o créditos a los bancos para poder subsistir y tirar palante.
Con todos estos detalles
anteriormente descritos de forma --si se desea-- superficial, la
maquinaria industrial y de servicios se había puesto definitivamente
de largo: reclamó a todas y a todos... La fuerza de trabajo ya no era
exclusivamente bruta y masculina, sino que había hecho hueco a
manos, que de venir manchadas de harina y aceite vegetal, pasaron a
estar llenas de tinta o de aceite industrial. La “liberación” de
la humanidad --ahora toda-- se había consolidado, o sea, se convirtió
en un sólido mujer-hombre. Los habían maniatado, precintado y encadenado uno
junto al otro...; y arrojados al insondable Dios Mercado. Y a día de hoy, semejante "bloquehombremujerliberados" ha recibido entre tres y cuatro millones de invitaciones --acudan a sus fuentes favoritas-- para asistir todos los lunesalsol al gallinero del Real Teatro y ver en rabioso directo lo bien que se desenvuelve ese elenco del Starbusiness en su eterna Ópera Prima [sin rostro y con máscaras] ""El Consumo descerebrado 5.0"". Y a día de hoy, seguimos todas las tardes entrenándonos un ratito para ver si mañana conseguimos echarle mano a ese atleta sin par que por director de nuestras sucursales (de banco...¡de qué va a ser!) nos han endilgao; y por fin un día a su lado en horario sólo de mañanas, jadeantes perdidos, decirle: "¡Ismael, moño, qué hay de lo mio, de mi crédito, carajooo!!!". Y a día de hoy, resulta que 1/3 y pico_de_cigüeña de la humanidad, con los ojitos como dos puñalás en un tomate, se afana apuñalándonos y metiéndonos con calzador --made in china, qué se pensaban vds.-- su decimonónico y comunista estilo de vida: Sesiones de - XXX - [¿alguien lo sabe?] horas de trabajo + 3 €uros 3/jornada efectiva de currelo con tazita de arroz 3 delicias incluida + cutre y lindo catre adosado a puesto de trabajo, perdón, de esclavo... Y nosotros haciéndoles el caldo gordo a los fideos chinos... Y nosotros haciéndoles el caldo grueso tendiendo a infinito. ¿No, señor Amancio? Y nosotros recibiendo notificaciones del señor Montoro porque le hemos retenido a un trabajador el 19% de IRPF..., siendo, correspondiéndole el 22, 22, 22-22-22. ¿No, señor Cristóbal Montoro de turno?...
El amigo Marvin Harris,
de haber tenido la misma habilidad de narrador que de díscolo
antropólogo --eso sí, sin muchos visos espirituales--, se habría
destacado aproximadamente con las siguientes líneas: "¿Alguien tiene alguna duda, alguien no conoce la Historia relativamente reciente?"
No se
preocupen, yo se la contaré…
Durante el último tercio
del siglo XX se produjo el mayor tocomocho jamás visto. La secuencia
hasta desembocar en él podría explicarse así: Allá por la
revolución industrial de finales del siglo XIX, se necesitó tal
cantidad de mano de obra en las fábricas, que se hizo imperativa la
afluencia de niños y mujeres a las mismas. En aquellos tiempos, los
sindicatos nacientes --de hombres, en eso no se ha cambiado mucho-- pusieron el grito en el cielo marxista, pues veían peligrar la
hegemonía machista dentro y fuera del hogar tradicional. Las
recientes manos blancas incorporadas a la producción --independiente
de la edad y el sexo--, competían directamente y en el mismo terreno
con los callos tradicionales. Los sindicatos de nuestros bisabuelos
no cuestionaron básicamente la precariedad del sueldo del cabeza de
familia para mantenerla él solo --que también--, sino que, sobre
todo, se estaba minando la hegemonía del macho en sus dos feudos, y
el valor de su jornal al aumentar la oferta laboral; y justo por este
orden. El final de la película siempre impuesta por el director,
fue: que para sacar la manufactura adelante se tirara de toda la
fuerza disponible, independiente de si los callos debían estar ya
formados o por formarse, y/o de lo que dijesen los sindicatos.
Tras la devastación de
las dos guerras mundiales, especialmente de la segunda, y la
posterior recomposición del caos, sobrevino un boom económico
extraordinario. La primera andanada fue netamente industrial con el
fin de rehacerlo y reponerlo todo, y una vez la máquina a pleno
tren, produciendo a destajo, hicieron falta consumidores para
absorber lo que con tanta destreza se ponía en el mercado. El
mecanismo de... que a un determinado crecimiento demográfico le
acompaña un aumento del mercado y del consumo se retroalimentaba en
esos momentos. ¡Más madera! La situación de bonanza económica y
las expectativas de un gran futuro lo absorbía todo. Sólo bastaba
echar una miradita de reojo al retrovisor, observar la tan reciente
barbarie y pisar a fondo rumbo a la esperanza.
Llegó el día en que los
artículos fabricados en número grandioso por trabajadores alienados
y aburridos comenzaron a heredar el grado de motivación con que
habían sido hechos. El gran y profundo surtido de cachivaches estaba
viendo sus primeras luces. El señor de la casa comenzó a poner
caritas, pues no bastaba con tener neveras, lavadoras, televisores y
coches, sino que había que repararlos y reponerlos de forma asidua;
todos éstos parecían fabricados por el mismísimo diablo, para que
su sueldo se fuera convirtiendo en simple sueldo. La fiesta estaba
comenzando, ahora...
El tamaño de los estados
debido a la pujanza económica se hizo mastodóntico; nacieron
agencias, corporaciones y aparatos burocráticos en consonancia a la
obesidad de los primeros. Necesitaron un río al principio, luego un
mar de dinero sacado de donde los estados no lo tenían; comenzó el
truquito de la deuda pública desorbitada, pero no de forma puntual y esporádica
como antaño sino de forma institucionalizada, para hacer cada vez
más orondo y lustroso al monstruo. ¡Ah!, y se le dio al manubrio de
fabricar billetes, para que al final del día el señor de la casa
constatara que con sus mil pesetas cada vez compraba y reparaba menos
cosas. Había nacido la inflación cadenciosa, silenciosa, dada con
vaselina. ¡Ay, qué monina ella!
Después de que la señora
de la casa, en repetidas ocasiones, le dijese que la lavadora, y la
batidora --no la túrmix, que esta no se rompía--, y la cocina en su
totalidad, eran una chatarrería andante porque, en definitiva, se
desbarataban cada dos por tres. Y que Trini y Cosme habían
cambiado de coche, pues al último se le caían las puertas y el
motor al suelo --“¡Y no vamos a ser nosotros menos!”--;
entonces, el señor de la casa se metió las manos en los bolsillos
del pantalón y consiguió sacar dos telitas a modo de saquitos, de
donde sólo cayó un envoltorio de Pictolín. Y todo esto antes de impuestos, ¡qué duda cabe! Ahora la fiesta estaba en la
parte intermedia...
De forma paralela al
engrosamiento de la industria tradicional de los estados, y de todas
las corporaciones habidas y por haber, y a la sombra de todos ellos,
nació una nueva forma de economía que no se palpaba ni se oxidaba
ni se carcomía, pero que estaba ahí..., latente como la suegra.
Habían nacido Los Servicios. No, no, esos no..., los otros. El Dios
mercado en este momento dijo: <<¡¡Necesitoooo!! mano de obra no
necesariamente muy especializada, no sometida a esfuerzos físicos,
en número suficiente, dispuesta a trabajos eventuales, compatible
con otras actividades, a tiempo parcial si es menester, y remunerada
en poco más de la mitad que la del varón>>. Y en ese preciso
instante, el señor de la casa convertido en señorito, miró a la señora de la casa por última vez como tal, y de forma dulce, muy
dulce… Al sonido del cuerno de la estrechez, todos los hogares del
mundo en un abrir y cerrar de ojos se convirtieron en semilleros
para la nueva exigencia del Dios Todopoderoso Mercado. Un porcentaje
de Marías que da vértigo descifrar se afanaron como jabatas
Cenicientas en sus mayormente tristes y mal pagados empleos fuera
de casa; una vez de vuelta al hogar…, todo por hacer; y el señorito había conseguido momentáneamente que al forro de sus
bolsillos acudiera un poco de calderilla...
Esta vez los sindicatos
de clase... machista dieron todas las bendiciones civiles habidas y
por haber. El tipo de trabajo y la banda salarial de las advenedizas
compañeras no competían en el mismo terreno, y si apenas rozaban
los de sus cojonudos representados.
El tocomocho se había
consumado; y el mucho toco estaba a punto de desaparecer: la
jaqueca femenina y el despegar de la Bayer se dieron en este preciso
momento la mano. ¿Fin de Fiesta?...
La pregunta que resta por
hacernos, es..., que si a lo romántico de la liberación de la
mujer, y del hombre también, se le detrae su salario, que es justo
e imperiosamente el necesario para llegar a final de mes..., entonces, ¿qué nos queda de Romántico?..., y ¿de Liberación?...
¿En qué momento de la secuencia histórica fallamos mujeres y
hombres para hacerle una higa, en el más fino de los casos, un corte
de mangas --siempre-- al Dios Mercado? Y si las preguntas están por
contestar, las soluciones siguen en nuestras manos…
Paco Pérez y Lucy Pum
escucharon la llamada de la especie, se enamoraron, se ennoviaron;
compraron un pisito de protección oficial con la ayuda de sus padres; abrieron sus respectivos negocios en el mismo barrio donde un cura les dio la bendición...; y tuvieron su preceptiva parejita.
Paco Pérez peluquero
peinador, prosperó mientras los hombres sabían que iban a la
barbería a cortarse el pelo, y mientras los únicos rapados al uno o
al dos eran los reclutas de la mili. Pero llegado el momento en el
que tuvo que nominarse “estilista”, y David Beckham se rapó con
cortapelosPhilips comprados en el Carrefour,
todo se fue al car… garete.
Lucy Pum le sacó punta a
la sabiduría culinaria de su madre y de su abuela; fue digna pupila
de ambas. En la misma acera que su marido puso el bar Las 4
Herraduras. No había sacado el nombre de ninguna taberna mencionada
por Stevenson, sino en memoria de la tracción que dio de comer a su abuelo paterno y a toda su descendencia. La sra. de Pérez, entonces,
no sufrió los avatares y la descomposición del negocio ocurrida a
su cónyuge. Pasó sobre las crisis del 73-75, 85, 91-93, 2001… como pasaba la clientela el trocito de pan sobre la tapa de carne con
tomate o de menudo: rebañando, siempre rebañando. Preceptora fue
Lucy de su hija Lucita; ésta ya no regentaba un bar de barrio, sino
que era titular de una industria de restauración; al igual que su
hermano Paquito no era a la sazón peluquero peinador... sino
estilista.
El matrimonio Pérez-Pum
tuvo una vida laboral aceptable; superaron pero con mucho el nivel
económico de sus progenitores llegados del campo, consiguiendo
realizarse con sus tareas de algún modo creadoras. Sin ser
conscientes de ello, Paco y Lucy, junto con los pelos y las tapas --por separado por favor--, se tornaron uno. Creadores y materiales,
satisfechos por el proceso amable de producción, retroalimentados,
hechos una ligazón en sus mentes, les dieron a la pareja ese aire
dicharachero, ese tono alegre y desenfadado. Los ratos en común sólo
podían darse casi finalizado el día, siempre presididos por las
pelis de la tele. De esta guisa consiguieron uno de los más
desafortunados relajos de la historia en la relación de pareja...
En tiempos de sus abuelas
y abuelos, éstos acudían a reuniones matutinas o vespertinas en
plazas, fuentes y casinos improvisados del pueblo; sin embargo, la
distracción rural de antaño significó para ellos un desahogo, un
proyectar ángeles y demonios que los dejaban listos, pulcros para la
vida en el hogar. Ellos se exorcizaron sobre sus paisanos sin grandes
crueldades, si acaso con críticas que no deshumanizaban en exceso.
Ellos proyectaron, no se dejaron proyectar...
Sus nietos, urbanitas
perdidos, escaldados al finalizar la jornada, hartos de juntar
pesetas, no estaban por la labor de ahondar en su relación. Sentados
frente al televisor consiguieron conmoverse hasta el llanto, como
espectadores, del amor de los demás. El amor televisivo, salpicado
de lugares y costumbres comunes de Hollywood, más las palomitas
extraviadas entre las rajas de los cojines del sofá, estaban
sembrando sus triunfos.
Sin embargo, la industria
del cine no era en realidad responsable de nada. ¿Qué otro tema se
presta para confeccionar un rato de distracción, alegría y
henchimiento del corazón, más, que la primera fase del amor entre
dos jóvenes?... Al fin y al cabo, sublimar es lo que mejor se le da
al cine; casi podríamos resumir sin ningún temor a equivocarnos que
lo del enamoramiento y el cine fue desde los albores de éste un amor
a primera vista. Al ser parón de uno frente a otro; detención de
todo a nuestro alrededor, para que en exclusiva atendamos, admiremos,
descubramos e idealicemos al que enfrente tenemos; si en definitiva
es estar dos --y si a oscuras mejor-- y... sobrar todo lo demás. Y si
al leer lo anterior no sabemos con exactitud si estamos refiriéndonos
al cine en su esencia y alma o al trastorno de los enamorados;
entonces qué pretendemos de Hollywood; pues eso, que nos sublime de
tan fantástica forma la primera y espectacular fase de un largo
camino. El error por parte del personal encantado de haberse conocido
y poco más --sin más honduras que las que sus gordos culos en los
cojines de terciopelo, hacían y les impedían pensar--, fue
esconderse tras lo más dulce y resultón del amor. Y se acabó. Fin.
Un soniquete de fondo era
el que traían muchas de las pelis en las sobremesas: la idea
de que el matrimonio era una simple situación presidida de forma
eminente por emociones y sentimientos volubles y cambiantes; así
iba abriéndose paso sobre el viejo concepto de institución venerado
por sus antepasados. Esa simple situación pasajera (SSP), incapaz de
superar cualquier desafío y contratiempo, inhabilitada para prometer
y cumplir, entreverada por parejas sin coraje y sin fe en ellas
mismas; pues bien, esta SSP, antaño matrimonio, estaba dando paso a
una nueva institución. ¡Si!... Institución acabó siendo el
divorcio: una vez el personal no sabía muy bien si se casaba
para instituirse apresuradamente en divorcio, o se divorciaba para
volverse a casar…
El Divorcio no fue una
novedad en la España de los primeros Philips y Telefunken a
color. Como situación regulada por ley, Sí; pero como solución de
facto, en matrimonios inviables por el ejercicio de la incomprensión o la barbarie, No.
La antigua institución, sagrada o no, basada en la hondura de la
relación, se tornó somera; ansiosa por deshacerse y volverse a
hacer en aras de experiencias y emociones múltiples, así como por
el regustillo y la comezón en el mercadeo de personalidades.
Podríamos resumir afirmando que lo de la quiebra acelerada de las
parejas --con ley o sin ella-- resultó ser el acto final de un drama
que se interpretaba a todas horas del día y la noche, y cuyo run-run
de fondo del guión lo conformaban la falta de ganas de lucha
constructiva y el aburrimiento por lo que se cree poseer por derecho,
sin más requisitos que una bendición de sábado por la tarde o una
promesa hecha en caliente sólo al principio.
Los papás, abuelos y bisabuelos de Paco y Lucy, se cortaron en repetir “experiencias”
una tras otra, no porque no tuviesen ley reguladora, por el qué
dirían o por lo sagrado del lazo; no. Lo hicieron básicamente por modestia y por carecer de desfachatez. Se sabían de forma cierta
incapaces de gestionar el amor de dos, tres... hombres o mujeres.
Inhábiles perdidos en la economía de una casa y en la de otra --aunque fuese mirando con el rabillo... del ojo--. Acojonados todos y
todas por la simple suposición de tener que criar proles en plan “el
día de la marmota”.
¡Qué Horror! Las mamás
dando sustento fisiológico a sus bebés, amor incondicional, creando
psiquismos y afectos; más tarde los papás ejerciendo su autoridad y
su guía, conduciendo a los zagales de forma paciente y tolerante en
la solución de los problemas, hasta verlos salir hechos hombres y
mujeres por la puerta del hogar. ¿Y volver de nuevo a comenzar, o
redoblar la faena ya encauzada en una casa? ¡Qué Horror, qué
Horror! Estos Tíos y Tías fueron muy Modestos. ¡¡Sí Señor!!
Fueron Dignos y
Modestos: y sus ideas sobre cualquier acontecer, incluidas
el matrimonio o la ruptura de éste, siempre estuvieron muy por
debajo de su Dignidad y de su Modestia. Esto fue antaño, con toda
seguridad, tan asín..., como no lo es hoy... ¡Se siente!
Estas dos grandes
cualidades no incluía la de ser Sant@s Varones; y lo que aquí se
viene a verter es...: Que como en todas las épocas los desencajes y
desajustes en la cadencia marital cada cual lo manejaba como Dios le
daba a entender. Que tuvieron sus asuntitos ellas y ellos, seguro; y que el tema
mollar de sus vidas no lo desbarataron por ellos, también casi
indudable... No fueron matrimonios superiores a los de hoy,
simplemente estuvieron acomodados por unas cadencias, formas y
costumbres menos acogotantes, para poder, así, cuajar de modo más
simple y templado lo que se cocía en aquellas hondas relaciones humanas.
Es innecesario aclarar
que los antepasados de Lucy y Paco no supieron nunca de forma
consciente la fuerza simbólica que encerraba su prole; cada uno de
sus hijos llegó cargado de cierta cualidad salvadora, y redimía a
sus padres principalmente de su egoísmo, dándoles un extraordinario
poder. Los hijos fueron la personificación de sus fuerzas vitales. A
los padres nadie les dijo, menos aún pudieron leer, que ser
mujer-hombre significaba ser responsable, y que practicar el heroísmo
no era otra cosa que cumplir con el deber diario... Simple,
simplísimo.
De ninguna cosa se extrae
tan poca verdad como de los tópicos, sobre todo cuando son
veraces... Con esta paradoja del amigo Chesterton se podría
concluir que la pedantería en este ejercicio de pensamientos
consecutivos consistiría en afirmar que los tiempos de la abuelía
fueron días míticos, rebosantes de buenismo y consecuentes
en todo; y no es así. Simplemente se trató de una época en la que
el alma fue menos atropellada que hoy, menos embaucada hacia formas
de vida más alienantes. Los braceros del campo llevaron una vida
económicamente inhumana, y la calidez de sus almas no pudo llegar a
tener el tono que le insuflaban mendrugos diarios de pan; sus nietos
y biznietos, los oficinistas urbanitas, no han sabido consolidar ni
hermanar sus fornidos y salutíferos cuerpos con sus espíritus
deseosos de algo más que cientos de amigos virtuales.
Si en alguna ocasión el
humanismo cristiano y el materialismo cultural se rozaron las manos debió ser en un ejercicio algo parecido al que aquí se intenta... Intento... Toda esta visión en su conjunto habría que analizarla con un prisma
más pulido en su cara espiritual, y más embastecido en sus facetas
intelectual y materialista. Y estaría mucho más cercana a las
circunstancias que rodearon a la emigración rural española que a
las que se dieron, por ejemplo y sin ir más lejos, en los abismos e
infiernos del East End londinense hace más de un siglo; donde el
amigo London pudo verificar personalmente las prácticas
infanticidas de madres desbaratadas, desesperadas, que no alcanzaban
más solución para el resto de su prole... que “abrazar” en
exceso y durante la noche a los recién nacidos.
Paco y Lucy sabían de
memoria su sitio en el sofá, si no, el tapete de garbancillo en
croché --blanco roto--, sobre el respaldo, ligeramente engrasado por
la brillantina del barbero, recordaba a cada cual el lugar para
recibir la ración diaria de la nueva doctrina. La psicodelia con que
Valerio Lazarov adobaba la programación nacional servía en parte al
encantamiento. Paquito y Lucita --su preceptiva parejita--, comenzaron
a conjugar las expresiones quéguay y quéfuerte; y nunca
nadie dará crédito ni explicación al hecho de que sobre esos dos
simples giros naciera una nueva forma de entender la vida.
Los hermanos Pérez Pum
tuvieron una infancia como deberían tener todos los niños del
mundo: acogedor hogar, solícitos padres, sobredosis de calcio por
medio de los petitsuisse, y como colofón, sesión
diaria de La Rana Kermit y Espinete. Éste y Don Pimpón dejaron
serias secuelas en esta generación. Sus padres (Lucy y Paco)
consiguieron superar, con el complemento de tardes enteras en la
calle más bocadillo de chorizo Revilla, las que en ellos
dejaron Valentina, Locomotoro y El Capitán Tan –sobre todo este
último–. La adolescencia del par de vástagos transcurrió como la
de toda la vida en todas las generaciones: intentar coger cacho
y contarlo cuanto antes al amigo de turno. Y de no haber sido...,
porque cuando fueron a un concurso de la tele, invitados por una
marca de laca y menudo congelado --por separado--..., a la pregunta:
¿Fueron los Reyes Católicos Ateos?, contestaran: “Que la
señora o avenida Reyes Católicos les sonaba mogollón, y que el segundo
apellido podría ser una trampa pero que se la jugaban porque habían
venido a concursar” --palabras textuales--... La respuesta al unísono
fue… ¡¡SÍÍÍÍ!! Pues bien, de no haber sido por esta
manchita, vista en el barrio en directo hasta por el bedel del
ambulatorio, podrían haber pasado por un par de chicos más o menos
formados. La simple anécdota se elevó a categoría, y los marcó
para el resto de sus días... Jamás se vio más
asistencia de público a dos negocios que la que se produjo tras la
clamorosa respuesta. La antigua barbería, reconvertida en salón
unisex, se repobló con fauna metrosexual --palabrita equívoca--;
todos querían conocer y dejarse hacer por persona tan ocurrente ante
preguntas tan complejas. Las 4 Herraduras (Bar and lounge)
sufrió la riada de Jénnifers, Vanessas y Jéssicas: “¡Qué guay,
tía!, ¡qué fuerte!, ¡qué salida la vuestra!; pero si es que
tienen mu mala lesshe; la preguntita se las traía”.
Esta grave deserción del saber no debe ser hoy un escándalo para
nadie; pues no es que la especie se vaya degenerando, agilipollando,
generación tras generación. No... Niños, adolescentes y jóvenes
siempre han ido tendiendo a mejor: los de hoy, mejor que los de hace
doscientos años. Seguro, segurísimo –y sin ironía por favor...
Los papás de Lucita y
Paquito ya se las vieron putas con los conjuntos biunívocos de la
EGB ; pero pese a estar ésta devaluada con respecto a planes de
estudios anteriores, comparada con la dulce LOGSE de sus retoños, el
graduado conseguido por aquéllos, fue al cambio un master
postgrado no conseguido nunca --claro está-- por éstos.
A los pergeñadores de la
EGB y la LOGSE; a los fundadores de planes de estudios donde
desaparecieron los exámenes de Septiembre; a los “responsables”
de adocenar por igual (sagrada palabra) a niños válidos,
responsables y esforzados... con otros vagos y sin actitud de querer
aprender; a los devaluadores de Universidades Laborales y Escuelas de
Maestría, viveros que fueron de nobilísimos artes y oficios; a los
dispensadores del PER y otras sinecuras a lo largo y ancho de la piel de toro, quienes hicieron recluirse a
la chavalería desde los dieciocho años en sus pueblos natales,
cegándolos, poniéndoles anteojeras para que no viesen más allá de
la era y el campanario de la iglesia; a los que siendo instruidos en
méritos, valores y saberes... dieron el cambiazo a sus hijos y nietos
con martingalas de enseñar emociones, sentimientos y solidaridades
“¿Solidario? No. ¿Caritativo, compasivo, misericordioso? Sí.
¿Ayudar? Sí, siempre, dónde, cuándo y cómo sea… ¿Adhesión,
identificación, obligaciones o aspiraciones compartidas? Eso, ya,
depende”. ¡Gracias, Fernando!... A los hacedores de dos
generaciones ya: de peones sin cualificar, camareros sin bandeja de
plata y universitarios de “hayar el volumen de un cono”; a los
padres de la Patria, legisladores varios, profesionales de reconocido
prestigio, prohombres, mujeres de pro y demás mostrencos. A todas y
a todos y a todes. Gracias, ¡¡muchísimas Gracias!!…
Los hermanos Pérez Pum,
pese al anecdotario, fueron unos chicos agraciados por la presencia,
pupilaje y traspaso económico de sus padres hacia ellos. Educados en
los últimos suspiros de una época donde decir ¡NO! a los niños y
darles un capón a tiempo aun no se había convertido en un trauma y
delito, supieron llevar más bien que mal las frustraciones y
vaivenes de la vida. Ahora bien, ellos fueron dignos representantes
de la época que les tocó vivir. LosNiños,
merodeadores de la treintena, probaron suerte en las artes nupciales.
Ella, enfrascada en el business de la restauración, conoció --en su extensa y tendida palabra-- al que sería durante tres años su
marido, comercial de La Nestlé (División de Grandes Consumidores).
El día en el que se sentaron a par-lamentar seriamente sobre
su relación, Lucita le confesó a Lucio --que así se llamaba el de la Nestlé-- que
durante las ausencias del viajante le había sido infiel con el
último cocinero de Las 4 Herraduras, Bar and Lounge. Sucumbió la
pícara empresaria de restauración a sus ensaladas templadas, a sus
cálidas manos y a sus nerviosas caderas… Lucio, por su parte,
desabrochándose el botón del cuello de su camisa de Terlenka,
le agradeció tanta sinceridad, pues no podían soportar más --él y
su colon irritable-- el no confesarle a su mujer el amor compartido
con la madre ecónoma (Sor Magdalena) de un asilo de ancianos, a la
sazón residencia de la tercera y última edad.
El inventario matrimonial
al final de sus mil sesenta y… ocho días se podría resumir así.
Hijos..., cero: “Primero tenemos que disfrutar (chingar y chingar, frungir y frungir),
que ya tendremos tiempo de complicarnos la vida…”; vivienda de la
coyunda..., una: pagada sólo en un 30%, del restante setenta se harían
cargo desde ahora, y no se sabía hasta cuando, Lucita y el de las
nerviosas caderas y templadas ensaladas. Todo el potentísimo
mobiliario --ajuar y enseres de cocina-- quedaba bajo el mismo techo,
en poder de la pareja que comenzaba ahora su nueva andadura. La ex
cocina de Lucita y Lucio era de ver; la más atildada, sutil y
surtida, jamás imaginada por Asimov, habría quedado como un mal
infiernillo de camping gas comparada con la de ellos. La mejor
cualidad era que no se había estrenado; ni tan consumada hija, nieta
y bisnieta de cocinera, ni vendedor de alimentos de tanto postín,
habían dado allí luz a nada que tuviera relación con un guiso, un
potaje o un plato no necesariamente muy elaborado, al que hubiese
habido que añadirle amablemente un poco del ingrediente Tiempo.
Los hogares fundados por Lucita fueron guays. Comprometida con
la ecología andante, hizo vestir el lavadero con cuatro recipientes
para la clasificación de los residuos sólidos --basura de toda la
vida--. Esos cubos siempre fueron alimentados con muchísimo más
rigor que los estómagos de sus dueños; y ya hubiesen querido éstos
la disciplina dispensada hacia aquéllos. Cuando la hija de Lucy Pum
descubrió que los tapones de corcho eran residuos orgánicos, sabedora del crimen ecológico que estaba perpetrando tirándolos al
recipiente del papel y cartón, pues bien..., cuando fue consciente
del desmán, y en desagravio por este gravísimo error contra la
Madre Naturaleza, se prometió por lo más sagrado --que venía a ser
su suscripción anual a Ana Rosa (AR)--..., que en vez de cambiar su
todoterreno toecológico --de a cincuenta mil l´euros,
que todo el terreno que pisaba era asfalto y que “sólo” consumía
quince litros a los cien-- cada cuatro años, lo haría cada cinco. Y
que en aras de lo verde, ella llevaría el estigma del sellito
de la ITV; indicio de ruina entre los suyos.. ¡¡Ahí, túúúúú!!
La pomada ecológica, y
otras, le taparon muchas carencias, que de haber aflorado, habrían
hecho saltar por los aires las pequeñas neurosis y válvulas de
escape, y se hubieran convertido en amarguras insoportables. Conque
se podría afirmar que todas las Lucitas del mundo fueron..., son
mujeres más comprometidas y preocupadas por un témpano de menos en
los deshielos primaverales del ártico que por ponerle cara a la
vecina del novenobé (9ºB) que faltó el domingo
pasado. El grandioso Chesterton ya las barruntó, y se podría decir de
ellas que se encontraban aburridas de cada momento y hambrientas por
el siguiente. Así pues, Lucitas del orbe uníos y no os preocupéis
por aplacar vuestra impaciencia del corazón, que tema no os faltará:
siempre habrá algún cigarrón que salvar en África, o un marsupial
maltratado en Oceanía por los tiranos ovejeros; incluso si os llega
el presupuesto o habéis agotado el tema medioambiental, hacia la
Navidad, igual os queda fuelle para apadrinar a algún negrito --¡huy!, infante subsahariano, perdón--, que os haga tragar sin mala
conciencia los alfajores de miel… ecológica, claro… ¡Cómo no!
La miel de los
alfajores podría ser procedente de colmenares colocados entre la
retama, el tomillo y el romero de cualquier estribación serrana,
cuyos alrededores estuviesen salpicados de naranjales y olivares
cultivados bajo las más estrictas normas fitosanitarias de cualquier
consejería de agricultura --¡uy!, medio ambiente, medio rural,
perdón--. De esta guisa, la miel obtenida por estas abejas
ejerciendo con toda liberalidad sus libaciones sería una miel mixta
fantástica.
La miel de los
alfajores también podría ser procedente de un cultivo súper
intensivo de girasol, donde con anterioridad a la siembra se hubiese
tratado la tierra con herbicidas totalmente autorizados y respetuosos
en sus plazos con la fauna autóctona; pues bien, la miel castrada de
estas colmenas, colocadas --en su día-- en el momento de la floración
de las solanáceas (mirasoles), sería una miel de monocultivo --girasol-- que quien no la haya probado no sabrá nunca la carita que
ponían los antiguos dioses al rociar sus tostadas con aceite (de
oliva, claro) y una capa de ella.
Cualquiera de estas
salutíferas mieles estarían tildadas de ecológicas en cualquier
mercadillo medieval de cualquier pueblo o ciudad del mundo. Los
requisitos siempre serían... [atent@s]: Que al tenderete donde se venda le
cuelguen mucho los toldos del techo, dándole un aire dejado y
bucólico; si el suelo que sustenta el mercadillo está rociado de
paja y salpicado con cagarrutas de cabra traídas de la central
lechera industrial caprina, que son las que más se pegan a las
suelas de los zapatos, entonces la miel va cogiendo un tinte
ecológico serio. ¡Bueno, bueno!; y si el perroflauta de la
jaima que te la vende, desertó del rolón de Nivea hace
tiempo ya --incluso del de Hacendado--, y los manojitos de sus
trenzas compiten en contundencia con las porras de los
antidisturbios; ¡tatachán, ce voila!... Aquí tiene usted la
miel ecológica con pedigrí. ¡Sí Señor!, con un par.
Él --Paquito, su
hermano--, habiendo sido testigo presencial de la vida tan
comprometida de su hermana, prefirió el arrebujarse a ratos.
No dio un paso más allá del hogar materno sin haberse dicho
repetida y machaconamente: “De aquí no me muevo, ¡coño!; no me
separo de mis padres, ni que vengan a por mí, al alimón, la
Scarlett Johansson y el Ricky Martin”. Pues así, de forma
alternativa, conjugaba sus gustos sexuales el estilista.""
..."Algo asín"... Espero que esta BREVE HISTORIA haya transmutado a Buen Cuento; y que los requisitos le sean propicios: es decir, se cumpla..., que "Algo asín" ≠ A+B+C. Porque no les haya sonado a chino, ni rechinado ni costado en demasía la transferencia desde el imaginario hasta la vida del español medio..., ni asestado un golpe mortal de aburrimiento.
Y ustedes ahí en la chimenea traspuestos ya, con el tronco de encina a puntito de hacerse cisco, me miran con variopintos semblantes; es el calor y la color y la danza de la lumbre y la magia de la palabra hablada cara a cara... tan en desuso hoy en día todo lo anterior... Si gustan, como afuera todavía arrecia, dispongo en este mi albergue de cama recién almidonada y hecha para todos... No me estropeen la cabeza del oso al recoger las suyas, quiero decir los móviles, disculpen. Me retiro, pero quédense al rescoldo haciendo tertulia. El mando de la tele, encima de la mesita baja... Si el cuento les ha chocado y provocado zozobra, hay telediarios de última hora y multicolores en todas las cadenas, ellos les recompondrán de nuevo... Y si en último término lo que se les marida --entre el cuento recién narrado, la caja tonta recomendada, y el pajar ecijano de ineludibles wassaps por contestar durante este rato...-- les provoca un desasosiego infame y un concome insoportable...:
Él sabía que --entre casi todo el personal-- Blake Edwars pasaba hoy por ser un director ñoño y sin chicha, pero qué más le daba... El tipo enfrentado a la pantalla, cuyos engurruñidos ojos descansaban ya --a estas horas-- sobre los créditos de "Víctor o Victoria", lo seguía disfrutando como un enano, perdón: gente pequeña, menuda, enana... Al comprobar la cantidad de personal que trabajaba en una producción cinematográfica --los créditos llevaban ya un ratito chorreando-- le dio un brioso claquetazo mental a las posibles amables permutaciones durante los recesos del rodaje..., y se le esbozó una mueca de media sonrisa entre suspicaz y sarcásticaque se extravió por la comisura de los labios; aunque en seguida cambió el tercio de su reflexión, pues: "¿Cómo se tendrían que sentir los que actualmente se dedicaban a la industria del cine?..., ¡si nos bajábamos las películas con la misma prontitud con la que despedíamos a nuestra suegra!". Dando un brinco inoportuno desde otro título, se presentó en el proyector de sus mientes --y sirviendo de training a su memoria-- el personaje de "El guateque"; este recuerdo le hizo iluminar más sus ojos... "¡A ver, a ver!, ¿algún actor que en su papel, ante una cámara, haya estado de un modo más cándido y menos impostado que Peter Sellers?". No lo encontró, no... "¡¡Ay...Peter, Peter, qué ligero te fuiste y entre cuanto extra con vistas al patio nos dejaste!!". El molesto destello --con fondo lechoso-- del pantallazo de la carpeta de descargas, al finalizar la reproducción, le hizo levantar como un resorte de la cheslong, desconectar el cordón umbilical que alimentaba la Panasonic desde su baqueteado portátil..., y hacer una ronda relámpago de reconocimiento por toda la casa antes de batirse en retirada, de madrugada ya... Los niños por fin dormían; su mujer --en la cama, enzarzada en brazos de "Un juego de niños"-- le hizo un cariñoso y sordo ademán --todos son sordos--, girando el cuello y mirando el despertador, para hacerle notar, al que candoroso la miraba ahora bajo el dintel de la entrada a la alcoba, que aquellas no eran horas de ver pelis sino de estar ya retirado. "¿Quieres, acaso, que te cuente el final de la novela, amor?" --se lo endiñó allí apostado sobre la jamba, él, con su acostumbrado aire zumbón--. "¡Síííí!, hazlo y atente a las consecuencias..., Cielo"... Con el soniquete interno de <<¡oído cocina!>> se deslizó con babuchas de Marrakech hacia el cuarto de baño: "¡¡Cómo cojones no nos van a fundir con facturas del Iberdrola como las de la Ford, si esto parece el camerino de Julie Andrews, vamos!!" --lo dijo para sus adentros, mientras se miró en la amplia y corrida luna del espejo...
La luna revestida de azogue se sonrió, al comprobar que ya no sólo era su mujer la que hacía prospección de las patitas de gallo, a última hora: la del derrengue. Él le calcó el gesto desenfadado del ¡espejito! ¡espejito!, y con sus dos índices hizo el chino. La visión distorsionada de su imagen mediante el gesto anterior, devuelta por el cristal, le condujo al run-run de la película acabada de disfrutar, y le trasladó al anecdotario sobre la misma... Porque..., ¿dónde había escuchado él, o de qué le sonaba una historia en la que muy de refilón aparecía/n "Víctor o Victoria"? Su memoria no alcanzaba ahora para detalles tales como los que a continuación se van a relatar. Y lo que iba a ser capaz de rememorar, durante siete minutos y medio muy escasos ¿?, en estos momentos frente al espejo y a puntito de darle matarile a la jornada, fue algo muy parecido a lo que este narrador ha tenido acceso en ese rincón del Universo..., donde todas las voces que han sido están guardadas para la eternidad… ______________________________________________________ ""SUBÍA el zagalón de tres en tres los desgastados escalones de la principal y señorial escalera del colegio. Corría sin solución de continuidad la media tarde de aquel caluroso jueves de mayo, y mientras raudo seguía ascendiendo hacia el despacho del jefe de estudios, relamiéndose por la clara visión del inminente viernes ya, hizo parada y fonda durante un par de minutos en el rellano del primer piso; allí se encontraban abiertas las puertas del gallinero del cine, invitándolo a pasar a una sesión huera en aquel momento. Entrando, con el sigilo que merecía una acción medio furtiva, sintió el olor a madera tratada con resinas de comedias y western..., y se asomó a la amoblada grada de este entresuelo. Aún había ecos de las risas del día anterior, pues todos los miércoles/tarde se daba una sesión de cine. La pantalla al fondo y en escorzo, dando el poco blanco que permitía el chorro de luz que a espaldas del muchacho se colaba, le dejó un poco traspuesto, pues comenzó a proyectarse en su alborotado magín el posible motivo por el cual había sido requerido por parte del padre Juvenal ... "¿Qué querrá ahora de mí este mamón ?"... Guipando el Seiko comenzó a salir exhalado del desocupado anfiteatro; aún miró de refilón las ventanitas obscuras y dormidas del cuarto de proyección, barruntándoles el inminente estreno de una turbadora película. Cuando, por fin, traspasó la frontera entre el umbrío rellano de las escaleras y la respetada y relumbrada galería de arcos porticados, un cañón de luz fajó su mirada. Estando casi en posición de firmes y ya cara a cara con la puerta del combativo despacho que lo reclamaba, vio interrumpido el gesto de llamada con los nudillos por la visión de la presidenta del APA saliendo del despacho del señor director, sito también en la misma galería. El entreacto de esta narración --y borde diálogo-- no hay forma de dilatarlo y entretenerlo más...
¡¡TOC, TOC!! sobre un cuarterón a media altura, descascarillado. La entrada al infierno se le presumió entreabierta...
Pasa, pasa, Monje
–contestó el cura, indolente y en apariencia despreocupado, desde el interior. Sentado estaba en el
escritorio de su despacho, con unos exámenes apilados a un lado,
mientras delante de él, sus ojos escrutadores paseaban la mirada
sobre el corregido de turno.
Era, como apuntábamos, una tarde pesada de
mayo. Espesa en olores; porfiaba por ser tarde más de verano que de
primavera. Tras los cristales enmarcados por los cuarterones con la
masilla resquebrajada, zigzagueaban ya los murciélagos en
requiebros. Lalo, por un instante, sintió envidia de ellos. En la
escala de los mamíferos le hubiese gustado estar ahora algunos
peldaños por abajo. No tener que dar cuenta de los mosquitos cazados
más que a la prole, que esperaba impaciente en el obscuro nido. Sin
embargo, el padre Juvenal le había mandado llamar para algo más
complejo que la economía doméstica del alado mamón... Continuó el diálogo el dueño del despacho...
¡Siéntate, siéntate!, Monje. ¿La película de ayer tarde..., qué, te gustó o no!... --se dignó a alzar como un relámpago los ojos sobre el pupilo. Pero en seguida se volvió a enzarzar, como apocado, con el folio que escrutaba.
...La verdad es que estuvo graciosa, padre, sí; pero prefiero el Blake Edwars en "The party" que en el "Víctor o Victoria" de ayer... Me gusta muchísimo más el agua y la espuma que tanta pluma --e intentaba coger postura adecuada en la incómoda silla de railite el intencionado y malajoso alumno.
El cura, sin inmutarse pero con algo de calor interno en las mejillas, terminó de leer y puntuar la última pregunta del examen que
tenía entre manos. Sumó los parciales, y en la primera hoja --arriba
a la derecha-- anotó numéricamente: cinco con seis. Alzó la mirada
del papel y se encajó las gafas, con el dedo paginal, sobre el
puente... Juvenal le dio una tregua al Bic naranja tendiéndolo sobre el escritorio; retiró la pila de exámenes aún más, dejando el suficiente espacio libre entre ambos... Tenía claro que la contienda con el mozo había comenzado... Daba por seguro que el sueldo de la congregación se lo iba a ganar hoy con Lalo Monje... Y de este modo que sigue decidió que diera comienzo el asalto final.
Por más que se os
dice que ni grapas de la bambina, ni clips, ni dobladitos
pretecnológicos en las esquinas, vosotros, ni puto caso.
Mira el taco de exámenes, ¡mira! Por una esquina abulta diez veces
más que por las otras tres restantes. ¡Que me numeréis los folios
y ya está, coño!
…¿Para esto me ha
llamado usted? –alzó los ojos lentamente Lalo; dándole tiempo a
ver las sandalias con calcetines del cura..., y la cantidad de lejía
que debían usar al fregar, pues la base de las patas del escritorio
estaban reblanquecidas por el paso de la fregona.
¿Cómo te voy a
mandar llamar por esto, alma de cántaro? Por cómo me entregáis
los exámenes no molesto yo al delegado de curso, ¡hombre!
Usted dirá, Juvenal
–ya iba mostrando Lalo en su tono un aire entre angustioso y
digno.
En la última
pregunta del examen que dice: “posibles inconsecuencias de la
Iglesia Católica a la luz de la razón y de la dignidad humana” --en este momento el cura se cortó; miró hacia el techo de
bovedilla, se rascó una ceja con el índice e intentó darle un
giro u otro aire a lo que en un principio iba a decirle a Monje.
Continuó--. ¿Qué entiendes tú por dignidad humana?, niño...
Pues…, es como un
patrón, padre –contestó el alumno casi como un resorte.
A mí me gustaba el
término de padre para los curas. Daba un tono solemne al portador;
y al que así lo nombraba, le revestía de humildad y predisposición
para aprender. Pero hoy en día…no soléis. Llámame como siempre.
Juvenal, Monje..., Juvenal. ¿Un patrón de qué? –preguntó
intrigado el cura.
Sería como una
unidad de medida... En este caso de medida mínima. Habría que
tomar el mínimo de derechos que, por su simple condición como
humano, posee la persona mejor considerada del mundo..., y
agarrarlos y referirlos como patrón, como modelo –expresó
resueltamente Monje.
Explícate mejor,
tío.
Pues que si… el Sha
de Persia, bueno, hoy en día el Jomeini ése, tiene derecho a entrar a
desayunar al mejor hotel del Irán, y que de paso el conserje le
salude afectuosamente, pues…, el último súbdito suyo tendría
derecho a desayunar en ese hotel y a ser saludado cordialmente por
ese mismo portero --Monje guiñó un ojo y alzo la ceja del
contrario, como para comprobar que no se le quedaba nada en el
tintero, y remató--. ¡Ah!, y debería tener el mismo derecho que el
Ayatolá a no ser ahorcado en la plaza pública por nada de lo
que no se pudiese colgar al mismito mandatario…
Comprendo. La
dignidad humana abarcaría un mínimo exigido por cualquier paisano,
¿no!
Juvenal; se lo estoy
casi dictando de cabeza, de los apuntes dados por usted.
Ya…, es que nadie
le ha dado el enfoque que tú a esta pregunta. Casi todos han salido
con lo de la pompa, la riqueza de la Iglesia…, y toda la retahíla. Ya sabes.
Bueno…, yo he
entendido…, interpretado la pregunta como si usted demandara una
respuesta personal. Las tres primeras del examen no ofrecían
concesión a la duda; pero esta última…
¿Por qué, porque
era la última del examen?... ¡Eh?
No Juvenal, no.
Porque era un examen de filosofía y no de religión. Podría
haberle contestado que la Iglesia Católica --como hija de Jesús-- es
Razón, pues Ésta es Jesús al dignificar a la humanidad dando su
vida por ella; que la Iglesia Católica sigue siendo Juicio e
Intelecto al apoyarse en el Dogma de Fe que creemos los católicos:
de que Jesús es el hijo de Dios, nacido hombre y resucitado entre
las tinieblas divino; y que la Iglesia Católica es más Razón aún,
en virtud de que todas sus razones hay que buscarlas en un Sistema
aparte, más allá de todas las limitadísimas razones humanas --continuó el improvisado teólogo--. Podría haber refutado su
pregunta, de algún modo retórica, de esta manera, y haber quedado
como un rey con usted, si hubiese sido el profesor y la asignatura
de religión, claro. Incluso --ahora abría los ojos como un merluzo,
haciéndose el interesante-- podría haber rematado al pase, al
centro dado por usted con su pregunta. De forma filosófica y dándole coba, o no…, pero
distinta a como lo hice, claro.
Ahora me estoy
perdiendo contigo, necesito un plano, Monje. ¡¡Rápido!!
Simple. Una posible
respuesta filosófica a su enunciado, a mi criterio provocador,
habría sido: La Iglesia Católica, tras el siglo de las luces y la
Ilustración, no tenía derecho a tutelar las creencias
religiosas-filosóficas y el baremo de la moral y la dignidad humana en primacía; pues a
partir de aquel momento y tras entronizarse la diosa Razón, el
hombre, en absoluto desvalido ya, se bastaba por sí solo. Había
nacido la era del hombre por el hombre. Dios... había muerto. ¡Amén!
¡¡Ahhhhh!!
Ahora lo entiendo. Lo tuyo es el exhibicionismo, ¿no, chato?
Es usted el que el
año pasado, en tercero, y el primer día de clase, nos aleccionó.
¿A exhibiros?...,
¡muchacho!... ¿A eso dices que es... a lo que yo os he enseñado?
En cierta medida sí;
filosofar, nos dijo, es entrar en más y más preguntas…
¿Y tú..., con tus
respuestas al último enunciado del examen, crees que estás
entrando en más preguntas?... Serán las de la chusma morbosa, ¿no?
No... y Sí... Porque
ya le he dicho que contesté en base a inquietudes personales.
Con desaire, con
crudeza y, para colmo, con airecito inocentón. ¡¡No me jodas!!
No, padre…; son
cosas que tiene uno ahí clavadas; a veces problemas de conciencia.
¡Coño, Monje!,
cada vez que te vienes abajo sales con lo de padre.
Es que lo veo a
usted con mucha ventaja…, de momento. Además --inquirió Lalo--,
con todo respeto, creo que no está siendo justo conmigo; no está
haciendo buena la máxima tan manidita por usted de: las palabras
sirven para comunicar, no para juzgar.
Esto
sacó de quicio al dueño de los pies con sandalias y calcetines.
¡Pero tú, tío,
has juzgado, te has atracado con juicios de valor e intenciones!
¡¡Para comunicar, para comunicar y no para juzgar!! --repitió en dos ocasiones el cura con bastante aire de mofa--.
Monje: hay frases hechas hasta a gusto del diablo. Estamos en
filosofía y andamos siempre entre juicios de valor, y tú lo sabes
–remató Juvenal, ya un diez por ciento más templado... y
aterrizando.
Le vuelvo a repetir
que académicamente me podría haber lucido. Mi contestación tiene
que ser vista con otra luz. Ha sido como una… media señal de
auxilio, un medio SOS... De este modo tendría que contemplar usted
lo escrito.
El padre Juvenal intuyó el derrotero..., la deriva un poco compungida
del alumno; pues la pugna no iba a ser nunca de tú a tú. La
calificación del examen final de Monje la había realizado sólo
atendiendo a las tres primeras preguntas; ya que no le parecía
mensurable la contestación dada por el pupilo a la última. Conque
puestos a hablar de lo divino y de lo humano, encendió ese flexo de
diseño único de finales de los setenta --que decir se estilaba sería
demasiado decir-- para darle otra luz a la conversación.
El
cajón de su escritorio no se abría con facilidad: entre un poco
hinchado que estaba por la humedad que siempre conservaban los muros
de mampostería, los nervios del cura y las mesas que a la sazón no
eran todavía del IKEA; así pues, y a pesar de estos hándicaps, del
interior logró sacar el examen de Monje. Lo tenía aparte. Estaba
corregido, puntuado, y en la contestación de la pregunta de marras
había una larga anotación del padre. Lalo Monje no acertó a ver el
número mágico que se acomodaba arriba a la derecha en el primer
folio, y se imaginó ya, dándole explicaciones a su padre biológico de por qué no le habían dejado presentarse a la sacrosanta
selectividad.
Leo textualmente tu
respuesta, pero antes recordamos el enunciado del cuarto apartado
del examen: Posibles inconsecuencias de la Iglesia Católica a la
luz de la razón y de la dignidad humana --prosiguió Juvenal
como de mero trámite, remiso, pero impostando un poco la remisión--.
Leo, niño…, y vamos aclarando cosas…
“Existe una conducta
generalizada hoy en día entre los Curas de La Iglesia Católica, que
aprovechan las circunstancias actuales para camuflarse entre la
feligresía, y haciendo gala de sus buenas maneras para expresarse,
comunicarse y arrimarse, las acaban poniendo en práctica y
ejerciéndolas con entusiasmo denodado y afán donjuanesco. Siendo
conocido por muchos y denunciado por pocos, esta actitud trae el
desencanto y desconcierto a personas de buena fe, que comprueban que
este voto célibe es pisoteado por los ministros de su religión. Y
además, los Órganos Superiores de la Iglesia miran hacia otro lado,
no vaya a ser que mientras guipan las conductas torcidas de sus
subordinados, en ese impasse, las suyas todas --conductas y “amigas”,
seamos claros-- vayan a ser veladas, movidas…”.
Aquí cortó la lectura
el padre Juvenal…
¿Te imaginas si
esto cayera en manos del director? –le dijo el cura, frunciendo el
morro en un intento entre sobreactuado y dramático.
Quisiera, Juvenal,
saber el tono con el que vamos a tratar el asunto, y el nivel al que
nos vamos a situar. Por favor.
El cura, conociendo la
excepcionalidad de la situación, no quiso andarse por las ramas; el
jueguecito había terminado; puesto que había traído al alumno para
hablar y aclarar cosas, actuaría en consecuencia.
El tono será de
total seriedad, no me perderé en la pedantería; preservaremos la
propia integridad, no nos agrediremos. El nivel, no debes dudarlo…:
de un lado tú, adolescente perdido, escandalizado, con errores en
la interpretación de lo que ves y oyes de segundas; con conceptos
aun por pulir. De otro lado yo, intentándote dar la luz que
pueda... ¿Está claro!
Vale –le contestó
el otro, con semimueca de Gioconda.
Esta primera
parrafada tuya da la sensación de ser la algarada de alguien
que se muere de angustia vital, de no poder más con una situación
que a todas luces le parece truculenta. ¿No?
Algo así, Juvenal…,
aunque... no soy yo el único. Es un sentir, no le voy a decir un
clamor popular, pero sí, sí...; está en la calle esta
impresión... Ya lo creo.
Nadie pisotea ningún voto célibe; sólo podrían hacerlo aquellos que ocultando su
condición de cura se casaran; y creo que no es esta posibilidad la
que desmanda tus dudas, tu ánimo y, según tú, el de muchos.
Bueno, padre. Usted
ya me ¡¡entiende!!.. --no había mayor intención en el imberbe, en este momento...
Esa palabrita,
Monje, es equívoca…, ¡¡y más aún en este despacho!!...
Lalo Monje abrió los
ojos..., no ya como los de un merluzo absorto sino del tamaño de
platos de café, que ya era bastante. Continuó el diálogo el cura..., pero ahora ya sin picar.
Tu desasosiego.., el
vuestro, viene del batiburrillo que formáis entre la condición de
célibe, por definición de cura, y la promesa, el voto voluntario
de castidad hecho, en según qué órdenes religiosas, por nosotros.
El cien por cien de los curas somos célibes, si no, nos salimos del
Ministerio. Tú lo has vivido por mucho que lo hayamos querido
tapar en los años que te ha tocado estudiar aquí.
Cierto, Juvenal,
pero el sentir de la gente es que si los curas no se pueden casar,
tampoco pueden tener y, menos aún, alardear de relaciones sexuales.
¿Lo de alardear es
una floritura tuya?, una anécdota elevada a categoría, ¿quizás?...
No cejas en tu ofuscado empeño y además te recreas de balde en lo que
afirmas.
No es coña,
Juvenal. Si el director se pasa todo el “santo” día encerrado
en su despacho con la presidenta del APA…, ¿alardea o no
alardea?, ¿gallardea?, ¿se muestra?, ¿se pavonea?... ¿Cómo lo
llamamos los mil espectadores viéndola a ella con vara de mando,
entrando y saliendo por el claustro porticado...?
El cura, para sus
adentros, quiso tragarse el haber sacado anteriormente a colación a don Manel, tan bravo director. Empero, seguía observando en su
mojigato alumno dejes y muletillas que no debían tener cabida en una
persona con tanta capacidad para la susceptibilidad como arrojo para
tratar tan espinoso tema. Se quedó absorto Juvenal..., y continuó diciendo Monje:
Padre..., ¡que no puede ser
que un hombre de Dios o no, después de estar encerrado toda una
tarde con semejante señora, salga tan exultante, tan descargado,
tan duchao, tan repeinao!, ¡coño!, con la misma
sonrisa que el gato de Alicia…; y que no pensemos absolutamente
todos ""¡¡lo machote que es nuestro Señor Director!! ¡¡¡Cooooño!!!"".
El hielo se estaba
rompiendo, mejor, deshaciendo, y como la sonrisa es la distancia más
corta entre dos personas desde que alguien lo dijo, El padre Juvenal,
desacostumbrado a reprimirse según a qué…, se rió un montón.
Tonterías, Monje,
tonterías. Suposiciones calenturientas del personal. Además,
escucha con atención: en el sentido tan concreto y estricto de lo
que tratamos, el clero está en la misma posición de salida que los
solteros católicos. ¡Lo sabes?
No, padre. Entre los
solteros católicos los habrá por mayoría con vocación de romper
su soltería. Esto en la práctica es así... Y punto.
Puedes ser mojigato,
capullito, meapilas, ingenuo, lo que quieras; pero si continúas
siendo contumaz e indigente intelectual, te suspendo por zote,
¡¡leche!! ¡Que no se quiere salir ningún cura... de cura,
hombre, y menos sólo por el sexo!; ¡ni casarse tampoco! Y si eso es lo que al final le priva,
hoy lo hace. Somos célibes, y si por alguna razón dentro del
celibato alguien desea pasar el umbral de esa puerta a la que tú
tanta importancia le das llamada sexo, entonces amigo mío, según
las normas católicas, está pecando de igual manera que tú.
¿Que Yoooooo!...
¡Que Sí!,
¡claro!... Una pajita tuya... es igual a una entradita y salidita de
la presidenta del APA... ¡¿¿O no??!... No te quedes, muchacho, nunca
en el recibidor del sexo; éste es sólo la puerta de un edificio
mucho más importante. Hoy es imposible que lo veas porque más
paras en la anécdota..., en el training manual y el chascarrillo;
pero llegarás a interiorizar que La Iglesia Católica quiera para
sus ministros una faena muchísimo menos complicada que la de formar
una familia. No hay falta de dignidad en esta norma, pues sabe La
Iglesia que sus curas son humanos y su tarea debe calibrarse por el
ansia con que llevan el mensaje de Cristo, y no por cómo un domingo
después de haber asistido al Benito Villamarín “exploran”
otros campos… ¿Te vale!
Juvenal, ¡leche! Se
despide usted de nosotros, de la asignatura de filosofía, con una
preguntita retórica donde las haya. Nos está metiendo los dedos
para que larguemos; yo largo..., ¿y viene a llamarme
la atención? ¡Pero bueno!...
Es paradójico todo
esto, muchacho --se puso el cura entre melancólico y mimosín--;
te doblo la edad cumplidamente, la experiencia más que eso;
oportunidades para sufrir seguro que las he tenido más que tú. Y
resulta que el alma novata, abierta y descansada es la que trina y se rasga
las vestiduras, y la vetusta y baqueteada es la que templa.. Creo
que aquí lo que falla..., lo que falta, es lo de casi siempre: el conocimiento
frío, el discernimiento amable y que te pasen los años por encima.
Lo que aquí veis o
imagináis que veis --prosiguió el cura-- no tiene por qué ser
generalizado, y si así fuera, sería señal de que hay que mejorar
mucho. Las normas están claras; hoy son así, mañana se verá. El
sacerdocio católico es un club; todo varón cristiano está
invitado a él, a nadie se le obliga. Aquellos que entran por
motivos y circunstancias ajenas a la vocación de sacrificado
servicio lo tendrán más difícil. Nuestra profesión no llega a
la categoría de la institución del matrimonio; conque si se es
benévolo con las faltas cometidas por marido y mujer habrá que
tener consideración cristiana también con el clero. El fin de todo
matrimonio, su última intención, es ser un buen matrimonio; esto
es aplicable de igual modo al clero.
¿Está usted
justificando veladamente ciertas actitudes que pudieran darse…,
que se dan?
No se cómo
explicártelo, Monje…; voy a probar: si la sal y la pimienta del
milagro de los hijos es el sexo, y éste es puerta o recibidor de
algo mucho más grande que acaba convirtiéndose en la República
más blindada, más íntima y más segura que el mundo conoce, y que
es la Familia; y resulta que durante los intermedios en la formación
de ella, o al final, o si lo prefieres incluso antes, cuando el
primer hijo no ha llegado aún, existen continuas visitas al
recibidor de los fuegos artificiales, todas ellas santificadas y
hueras en frutos la mayoría, que no en estrechamientos de lazos tan
invisibles como potentes para la pareja; podría deducirse, que
aquella parte del clero, más humano --demasiado humano--, que cruzase
de puntillas el umbral de esa puerta y entrara y saliera del
recibidor de las chispitas, así rápidamente, sin más pretensiones
y fundamentos que la descarga de tan artificiosos fuegos…. Con esa
cara que me pones no me ayudas nada a argumentar…, ¡parece que te
esté hablando Martín Feldman!, ¡coño!
Pruebe de nuevo, padre. Haga usted el favor…
Donde tú ves
incongruencia, inconsecuencia e hipocresía, igual yo sólo veo
simple anécdota. Vosotros los estrechos queréis salvar el poco
espacio de que disponéis para tener bien amuebladito ese bungalow
llamado moral --algo asistió al cura que le dio un tono más
conciliador--. Mi mundo, Monje, es enorme; con el sexo no fundo nada;
en este Universo mío no es llave más que de una pequeña
buhardilla, donde acudo muy ocasionalmente después de haber
atendido honesta y honradamente --en el estricto sentido de observar
antes mis obligaciones y deberes que mis derechos-- la Mansión de
Cristo. Todas sus habitaciones procuro estén lustrosas y
pulcrísimas, cumplo con mi Comunidad, y lo que es más importante,
allí donde me toca trabajar, difundo su mensaje y la Fe en Él.
Estoy orgulloso de ser profesor de filosofía..., pero me sentiría
insignificante si mi labor no estuviera constantemente entreverada,
más aún, atravesada por mi vocación de cura. Ahora dime, Monje;
¿De qué estábamos hablando?, ¡eh!... Yo no sé...
Juvenal --le contestó
el otro con la cabeza ladeada--, ¿qué nota sacó usted en
dialéctica?...
No, en serio, niño.
Quiero que lo veas en conjunto, con perspectiva. ¿Tú, con qué ves
la labor de tus padres?...; ¿con prismáticos, al natural, con
lupa, con microscopio electrónico?... ¡Dime!... A ver...
Ya veo que sacó
usted buenísima nota. Al natural, Juvenal; si no, sería
insoportable. De todos modos --y volvió a la carga--, con lo que
usted plantea existe el peligro de que se establezcan relaciones
personales impropias, inviables. El recibidor, la buhardilla --me
está haciendo usted la picha un lío--, no serán el camarote de los
hermanos Marx, pero alguien siempre habrá, si no, no se acude…,
¿no!
Sigues errando --matizó el cura--. Mira, soy yo el que se ha puesto a tu altura y no
tú a la mía. Me explico: ante una alarma tan exagerada por tu
parte, yo he querido ser también tremendo. Te he narrado, aunque
con florituras, cosas extremas para que reacciones y te caigas del
guindo. He querido ser tu piscina de Siloé; no para abrirte los
ojos a la Fe... sino para mostrarte una parte de la realidad; cruda…,
parece ser para ti, pero que te hará crecer e ir hacia lo mollar
entre nosotros…, y que es... el Mensaje de la Iglesia: arraigados
y edificados en Cristo.Firmes en la Fe. La realidad del
clero --continuó Juvenal ya del tirón-- está aquí. Chismes y chascarrillos
aparte, somos un cuerpo célibe, algunos optan por la castidad.
Decidimos libremente en su día atarnos a la disciplina del Cristo
Rey; y lo honesto es permanecer por vocación. Comprenderás que la
figura del bombero pirómano no sea bien vista ni aquí ni en ningún
gremio. Hasta el momento, casi todo lo que hemos referido y hablado
son problemas de conciencia personal y como tal hay que tratar uno
por uno. Si tu piensas que la mayor forma de pecar en el mundo es el
sexo, aplícasela a los curas; y si no, también. Si un cura tiene
una amiga, anécdota es. Si un cura tiene un amigo, anécdota es. A la
Iglesia, creo, le gustaría no tener que ocultar nada; simplemente observa que esas actitudes de
forma reiterada están erradas en cuanto al club de pertenencia. La
Iglesia dispone de otros Clubs en donde no se tiene que quedar uno
en el recibidor de la traca y los fuegos de artificio, sino que
puede disfrutar de toda La Mansión.
Con lo del bombero
torero me he perdido, padre…
¡Qué bombero
torero!, ¡y dale con lo de padre!, ¡bombero pirómano! –le
replicó Juvenal, con la misma cara de mosqueo que pone el dueño de
un chihuahua cuando alrededor del perro cuchichean un grupito de
chinos…
En la Iglesia
Católica --prosiguió él--, y entre la gente del clero para más
señas, no gustan nada los remolones exhibicionistas que aparecen
por ahí con alzacuellos en las portadas de las revistas;
reivindicando situaciones y mundos idílicos para ellos…,
imposibles de toda imposibilidad. Los más cachondos y osados... no
sólo reclaman que curas y monjas se puedan casar; no, no. ¡Barajan
todas las permutaciones con repetición!...
Curas casados y/o
gays, como que no… ¿Verdad Juvenal...?
Ya te lo he
explicado. No puedes ir al campo del Barça con la bufanda y el
carnet de abonado del Madrid. ¡Que NO, leches, de momento
no!..., ¡carajo!
Esto, hoy, entre el
personal tiene muy mala prensa, padre...; la gente aprovecha para
tirarle piedras a la Iglesia..., con el soniquete de que Ésta no
puede ni veros.
¿¡Ni vernosss…,
a quiénnn, Lalo Monje!?...
El avispado alumno era
consciente de que hasta ahora toda la conversación había estado
presidida por el respeto, salpicada por fina ironía y nada más
grueso. En este momento, Cagancho y Rufete a su lado se habrían convertido en los tíos más oportunos del mundo. Sabedor era de que a lo largo de la misma el padre Juvenal estaba haciendo un esfuerzo
enorme por ser claro con él, preservar al tiempo rincones íntimos y
nobles del mismo cura, y serle fiel a su conciencia y a la institución que en buena parte la fundaba y la alimentaba. Estaba
metiendo la patita…; su carita y, sobre todo, la caída de párpados
cerrando las persianas de la compostura lo delataron.
¿Qué piensas
estudiar, Monje? –le preguntó el paciente cura, con la misma cara
que ponen las feministas (y con razón) al ver década tras década
que los anuncios de lavavajillas y limpiabaños lo protagonizan
siempre señoras, siempre.
Me gustan los
animalitos, padre. Pero… dependerá de que apruebe o no la
selectividad --la silueta del alumno sobre su tambaleante silla había
menguado...
¡¡Padre...,
Padre!!... Si en veterinaria o biológicas es requisito fundamental
ser muy pero que muy borde, tú..., puede que llegues a trabajar con
Cousteau... ¡¡Sí!
Juvenal estuvo a punto de
caer; pero no sucumbió al ademán por excelencia entre los curas:
girar y girar una mano con otra en forma de ovillito. Lo consiguió a
expensas de enfrentar todas las yemas de sus dedos, abovedando un
poco las palmas y de forma intermitente separando los pulgares…
Esto era ya más digno de un ex-seminarista de Pilas (Sevilla). El cura caviló e intentó abstraerse con un pensamiento a modo de
contención..., del tipo de contar hasta diez, por ejemplo.
Necesitaba este sucedáneo durante cinco minutos en su cabeza... para
no arrancar la susodicha del que permanecía enfrente entre sentado y
arrebujado y encogido y acojonado…
El mundo gay --comenzó a
pensar para su olla--, como todo lo humano tildado de minoritario, es reservado,
tribal entre los suyos --lleno de códigos clandestinos--, escurridizo,
sufridor --cada día menos-- y acomplejado; y todos estos rasgos de
carácter, incluido el término “mundo gay”, han sido
desarrollados como mecanismos de defensa --y a la vez de
auto afirmación-- frente al afán de la mayoría por no respetar esa
variación --por no mencionar lo de desvío-- sobre la media; y
fomentados por el miedo-pavor hacia lo que no es uniforme, estable,
predecible y, en cierto aspecto, productivo. En el mejor de los
casos, sacudirse tan molesto bicho desprestigiándolo ha sido
un “deporte de caballeros”. En el peor de los supuestos,
deshumanizarlos es hoy aún tarea de muchos rufianes.
La homosexualidad
iniciática, o mejor, la sexualidad iniciática, alrededor de la cual
todo joven mamífero escarcea, es siempre inconsciente, lúdica,
desconcertante y, (muy a menudo) casi siempre, pasajera; pues cuando crecemos vamos
inevitablemente adoptando moldes y costumbres arraigadas en la
sociedad. Cuando --psicológicamente-- las vivencias personales y la
fuerte atracción hacia el sexo opuesto, incrustada a fuego por los
instintos, van fraguando la tendencia sexual de cada persona, ocurre
que, como todo lo que se puede cuantificar, lo acabamos
contabilizando; y no contentos con ello..., calificándolo; y resulta
que un grupo queda muy nutrido y el otro raquítico. Si lo pírrico
es motivo de burla, mofémonos al igual que lo haríamos de los
albinos por lo blanquito de su piel y de sus pestañas. Si lo que
chirría es que el grupo minoritario no atiende al acople procreador,
habría que estudiar lo que el tema tiene de chocante tanto para los
heteros como para los gays.
Una vez que un grupo tan
mayoritariamente minoritario acepta sin complejos sus propias formas
emocionales y sexuales, y va interiorizando de forma constructiva sus
ventajas personales por el simple hecho de vivir en consonancia con
todo su Ser..., mejor, con todo su querer Ser; entonces, este grupo --desinhibido ya en sus formas-- debería pensar si sus errores de
fondo no son los mismos que los exhibidos por los gallitos
reproductores. Si el corralprocreador espeta que el
palomo cojo no alcanza a perpetuarse, ¿por qué el palomar
entonces centra su atención en refutar lo evidente? ¿Por qué los
del imperio reproductor ponen su punto de mira, se fijan y se centran
en algo que está garantizado?... Fundamentar el debate en el área
reproductiva sería rebajarlo al nivel de las esporas --saliendo
vencedoras éstas--, pues ellas no tienen complejos ni dudas de cómo
hacerlo. El campo de batalla no tendría calle ni distrito postal
equívoco si se platicara sobre las profundas Emociones Humanas y se
miraran de frente los complejos y las contradicciones de los dos
grupos de aves. Los del ensordecedor gallinero, cuyo grito de guerra
generalizado suele ser: ¡multipliquémonos, abarrotemos La Tierra!…,
no deben temer que otros recojan sus nueces. La llamada de la especie
es tan intensa... que la declamación del grito por generaciones
venideras está igual de asegurada que la miradita de la azafata
sobre el pasaje comprobando si lleva el cinturón abrochado; a no ser
que últimamente tengan --los del gallinero, no los del pasaje-- un
poco abandonado lo del ¡abarrotemos La Tierra!; y estén dándole
como tentetieso a los del palomar, cuando tendrían que aplicarse
ellos mismos sesiones interminables de cilicio por no cumplir con su
tan cacareado cometido. Los del mismo grupo avasallador tendrían que
hacérselo ver “a más a más”, al enjuiciar el emparejamiento y
formaciones familiares de los del Palomar, pues las suyas dejan
bastante que desear conforme a sus doctrinas y prédicas. Mucho más
honesto y profundamente humano sería observarlo todo con este
prisma: a ninguna persona le gusta sufrir separatidad en este
mundo, en esta vida. Alguien reparte cartas y empareja; seamos humanos, no
lapidemos por pertenecer a clubs mayoritarios o selectos, no nos
vanagloriemos por contribuir más o menos a finalidades si no
espurias, sí siempre garantizadas; observémonos preferiblemente a
última hora del día frente al espejo y digamos mirando a los ojos
del tipo que se refleja: <<no es bueno que el Hombre esté solo. No es
bueno que la Mujer esté sola>>.
Ahora a los del Palomar.
Una vez autoconfinados en
vuestros guetos, consagrados a edificar una comunidad exclusivamente
homosexual; autodefendidos de todo y de todos; cansados de
relacionaros endémicamente en vuestros negocios endémicos. Abríos,
que corra el aire, que vuelen las plumas, confundíos, entreveraos,
no continuéis siendo elitistas ni exclusivos, ni sintiéndoos
profundamente diferentes o excluyentes porque os excluyeron a
vosotros. Mirad de frente, no arañéis…, no añoréis tanto formar
familias si no creéis del todo en ellas; si no, luchad, hacedlo…
La piedra de toque de la familia son los hijos, sobre éstos, sobre
esta idea se fundó la República más genuina y abigarrada,
para que en la larga andadura humana y como si mullido nido fuera se
aleccionara a los más torpes cachorros jamás habidos. Disparar
sobre esta forma de Estado, quererla aniquilar, es anhelar que
el mundo se despueble de gays que disparen --a su vez-- sobre el pie de
toda esta Concepción… Nacemos todos sin excepción en el seno de
Familias. ¡¡Sabedlo, cooño!!
Los cinco minutos se
estaban consumiendo..., como el malhumor del cura. Ya sólo restaba
reflexionar sobre la monomanía humana de clasificar y calificarlo
todo, absolutamente todo. Quizás esto venga desde que decidimos
despedirnos de nuestros primos los simios, bajarnos de la arboleda
africana y entender que, acaso viajando hacia el Norte y sin brújula,
encontraríamos lugares donde no entrásemos tan directamente en la
dieta de los leones. ¿Será ésto parte de lo que nos hace sublimes y
odiosos a un tiempo?... Seguramente Sí; pues desde entonces,
clasificarnos como dieta no aconsejable para nadie nos ha hecho mucho
bien; y calificarnos entre nosotros, dependiendo según de qué
cosas, pues esto ya no tanto...
Juvenal, que merecía
algo más que dar clases de filosofía a imberbes como Monje, no
sabía con certeza si se aproximaban tiempos en los que el Espíritu
Humano se elevaría cada vez más. Lo que sí daba por sentado --tanto, como que se avanza mucho más en una rotonda circulando por
su parte exterior--, era..., que cuando una sociedad vive un momento
de relajo reproductivo --con hombres y mujeres trabajadores sin
apenas hijos, cuyo leitmotiv es que el sexo no tiene por qué estar
necesariamente encaminado de modo exclusivo a perpetuarnos--... que cuando una sociedad vive un momento derelajo
reproductivo, aplaudido tanto desde los sacrosantos mercados, por
no requerir exceso de mano de obra, como hasta por las instancias
religiosas, que si no aclamaban, sí contemporizaban con las
prácticas más relajaditas para no convertir a la pareja
humana en algo así como el hogar de Roger Rabbit; ocurre, entonces..., que esta sociedad no tan acogotada por esa espada de Damocles
reproductora, felizmente se relaja también con sus aceros contra el
Orbe Gay.
Rescatada ya la mirada de
su letargo, el fósforo en peligrosa reserva y los pulgares casi sin
huellas de tanto frotárselos, acudió a Juvenal el pensamiento clave
antes de rematar a Monje: no te pierdas jamás en la anécdota;
mira de cara para ofrecer el mensaje de Cristo, que en su coletilla
final nos pide amar al prójimo como a nosotros mismos y difundir la
redención humana celebrando su muerte y resurrección.
Segundos antes de
recuperar el diálogo, esperaba el padre Juvenal que todo lo
anteriormente maquinado por su sesera por y para el respeto humano, e
iluminado desde su compromiso con la Iglesia, lo fuese deduciendo y
desgranando su aventajado, muy borde y momentáneamente atribulado
alumno a lo largo de su vida.
¡Anda, Monje!, ve al
despacho del director, y si no está muy “ocupado” dile que
necesito urgentemente hablar con él. ¡¡Va, va... Aire, aire!!
¡Quiero confesarme padre Juvenal, quiero confesarme! ¡Ave María Purísima! –tanto
se apuró el muchacho.
¡Era broma,
gilipollas!, ¡era broma! El obispo nunca me preguntó si era un tío
machote o si tenía pérdidas oléicas, ni a mí ni a nadie.
¡¡Te enteras!! ¿Te vas tranquilo de vacaciones?, so merluzo…
Espero --continuó el cura, ya con cara de cura--, que entre carta y
carta, visita y visita a tu novieta Julia Sabina, tengas
tiempo para leer a Montaigne y a Emerson, por este orden, ¡eh!
Ellos ayudarán a desengrasarte del temario oficial del colegio...,
y a reponerte de la temeridad que estás hecho, ¡chaval!, ¡¡cojoooones!!
A través de la ventana,
diez mil veces pintado su marco en verde carruaje, Lalo Monje observó
otra serie de bandazos de los murciélagos, en aquella plúmbea tarde de mayo. – “Ya no quiero ser
alado mamón” --pensó--. Se levantaron ambos de las sillas de hierro
cromado --asiento y respaldo de railite-- que los tenían, mesa de por
medio, enfrentados; y cruzaron el despacho. Lalo en tan breve
travesía se guardó mucho de darle la espalda al cura, no quería,
sobre todo, parecer más maleducado. Llegaron al umbral de la
puerta, que era una más en los muros horadados de la tan hermosa
galería porticada; salpicada, ésta, en sus zócalos, por costillas
de adán, aspidistras, clivias, alocasias y helechos espada... Allá
en el fondo opuesto del claustro abierto, alumbrado el huidizo perfil
por los remolones rayos del atardecer, se dibujó una ninfa perfumada
por los jazmines de mayo en terracota, que iba encajándose, más que
bien, requetebién, su falda de tubo…
Hasta siempre, Lalo.
Gracias por todo, padre Juvenal.
Se dieron un apretón de
manos, se guiñaron los ojos y figuras y palabras se desvanecieron
para siempre entre aquellos muros centenarios.
... Esta conversación entre
maestro y pupilo entra en la categoría de sucesos en los que el
soporte de la memoria no se sabe del todo cierto si es onírico o
real. Para que todos nos entendamos: pertenecería si acaso al mismo
grupo de recuerdos brumosos de las grandes broncas de nuestros padres
mientras pensaban que dormíamos. ¿Lo hacíamos, no lo hacíamos?...,
¿nos desvelaban y pensábamos que soñábamos?..., ¿soñábamos y
creíamos que nos desvelaban?...
Si hubo alguna remota
posibilidad para que no cuajara tan constructivo diálogo entre
Juvenal y Lalo, sólo la podemos atribuir a las razones esgrimidas
por el bueno de Stevenson cuando afirmaba que paradecir la
verdad debe haber igualdad moral o, en caso contrario, ningún
respeto, y por eso, entre padres e hijos la conversación se presta a
degenerar en un duelo verbal, y los malentendidos a enquistarse.
Así que debió cuajar…, pues hasta donde aquí llegamos, Juvenal
no era en el estricto sentido de la palabra el padre de Monje;
respeto, en el fondo, sí se tenían; y en igualdad moral, pese a la
diferencia de edad y alguna metedurita de pata del imberbe personaje,
también demostraron al final estar casi a la par...
Este recuerdo…--o
recreación--, sí tuvo algo de premonitorio, pues el deseo de Juvenal,
de que su pupilo en la andadura por la vida fuese aprendiendo a
cernir el trigo de la paja, se cumplió en la medida en que Lalo
salió hecho un mojigato camino de la universidad, y poco a poco,
afectado por el espíritu de la levadura, fue creciendo y asimilando,
entre otras cosas, que cualquier cuerpo social avanza por la vida
entre luces y sombras, dando a veces tres pasos adelante Y DOS ATRÁS""
Lo primero que pensó, el que llevaba aguantando el tirón de una mirada a conciencia al azogue casi sin pestañear, de siete minutos treinta y tres segundos, fue, que era una suerte abandonarse a cualquier quehacer tras la cena, habiéndose hecho previamente el aseo bucal; pues... de no haber acontecido así, en estos momentos lo habría perfeccionado Sanani, tal era el derrumbe del hombre a esta hora de la madrugada... De memoria, las candilejas del wc dejaron de rentar a la eléctrica; en seguida, el umbral de la pieza más amada de su hogar lo traspasó como caballero vislumbrando la torre del homenaje... de su dama; y le dio más vida al dormitorio. Su mujer tonteaba ya con morfeo --o con George y Brad, a saber--... Circundó el lecho hasta poder acariciar el lomo de Donna Tartt y hendirle el marcapáginas en la misma que la noche anterior... y anterior. "Una novela que arranca como un thriller y acaba convirtiéndose en un clásico de la literatura contemporánea" Il Corriere della Sera Las últimas palabras de la contraportada las recitaba como el comienzo de Lolita, de memoria..., pero no con embeleso. Aparcó el ladrillo de la sublime escritora sobre la mesita de noche de su mujer; sonó el primer clic... Desanduvo el camino hasta el lado marcado por su instinto de ubicuidad hacía tantísimos años. Se acostó.
¿Qué haces todavía levantado, tonto?; me has despabilado con tus babuchas, lelo...
Calla, que te cuento el final de la novela, so boba...
¿Qué película te has quedado a ver?, ¡a ver, dime!
La tenía grabada... "Víctor o Victoria".
... Tu eras más de "The party"...; ¿¡verdad, Lalito!? jijijiji...
¡¡Calla, calla!!, que lo tengo todo muy entre brumas ya; menudo prenda... ¿Y tú no dormías, Julita?..., resoplabas y todo.
¿Y el padre Juvenal, que habrá sido de él?
Jubilado en una casa de la congregación... Un gran tipo... ¿Sabes una cosa?...
¿Qué, Lalo?...
Llevo muchos pensamientos maridados por él... Es como un poso, y no sabría hoy expresarlos más que con una visión...: Está la caleta un poco embravecida por un ligero levante; y el agua y la espuma acogen en su regazo el impecable vestido de una libre gaviota. Sonó el segundo clic.