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Buenas tardes, Belma. Lo siento, también hoy me he vuelto a retrasar un poco.
Hola, Borges. Las nueve y media de la noche me enseñaron a no llamarlas buenas tardes.
Luego no dudes quién es la que desentierra el hacha de guerra.
Siempre eres muy gráfico, y ahora lo has bordado: me tienes hecha una india abandonada a su suerte con sus tres hijas en el poblado.
Oye, mira, vengo cansado de todo el día en el despacho. ¿Hay algo de cena?
¿Recuerdas algún día que no lo haya habido?
Los pleitos los he dejado entre el bufete y la Audiencia; no vengo a mi casa a seguir litigando.
En la cocina tienes tu revuelto de rebollones tapado con un plato.
¡Anda, ven!... Siéntate a mi lado y cuéntame un día más qué es lo que te pasa.
Borges: no vamos a arreglar nuestra vida en común charlando noche tras noche de los mismos asuntos que nos separan desde que fueron llegando las niñas.
Pero, ¿de qué te quejas, Belma? Lo tenemos todo.
¡No, todo lo tienes tú! Pero lo tienes ahí dentro de tu cabezota; y te recuerdo una vez más que lo tienes mal representado.
¡Ya estamos; dónde irá la burra que no are!...
¡Claro!, según tú, tenemos tres hijas preciosas, y así te lo dibujas y te lo imaginas; pero la realidad es que no sabes ni dónde están guardadas sus tarjetas de la seguridad social. No es que no las hayas llevado ni una sola vez al médico, ¡no!…; es que ni tan siquiera nos has acompañado. Me siento muy sola, Borges.
El dinero no cae del cielo, nena. Para arrimar el setenta por ciento de lo que en esta casa entra, yo necesito echarle muchas horas.
Yo sabría prescindir de cosas como el apartamento de la playa. Además, no me lleves a tu terreno, que no es el mío. Me humillas al hablar sólo de dinero y no de trabajo. No te preocupas porque yo necesite desarrollarme vitalmente también fuera de casa. Me explotas y no me respetas Borges: no quieres que crezca tal como soy, como tú me conociste…
Pero yo no tengo la culpa de que te hayan mandado este año como sustituta al Rincón de Ademuz.
Cierto. Pero no haces nada por aliviarme. Sabes que tenemos un problemón con lo de las chicas que cuidan a las niñas; porque todas acaban arrugándose o pidiéndonos un potosí por tanta faena. ¿Y tú qué? ¿Has entrevistado ni tan siquiera a una alguna vez? ¿Dejaste de ir algún jueves por la noche al futbito para estar con nosotras?
Estas insoportable, Belma… Mentira, eres insoportable, ¡coño!
Insoportable es que no sepas ni dónde está el Mercadona de tu barrio.
¡Sí que lo sé, pero por ahí no paso, carajo!
¡Vete al infierno, Borges!
¡No me hace falta! ¡Acudo a él todos los días al caer la tarde!
… Al llegar la noche, querrás decir.
¡No te aguanto más, me voy, Belma! -cogió y se fue.
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Asió Borges, casi de memoria y como si de una carrera de relevos se tratara, la cartera y los dos manojos de llaves que dormitaban sobre una bandejita en la mesa del recibidor. En esta ocasión no dio portazo, pues las niñas dormían y su recuerdo estaba muy reciente tras el broncazo con su mujer.
A Belma y a Borges se les había encendido el piloto rojo hacía ya varios años, quizá demasiados. La vida matrimonial andaba con el chivato de avería desde que comenzaron a ver la luz de nuestro sol sus tres hijas. Al menos en esto manifestaban estar de acuerdo.
En realidad, la vida marital de ambos resultó un fracaso no por la concurrencia de un trío hacia la pareja, sino porque el par de dos no estaba preparado para interpretar y valorar lo que significaba traer hijos a este nuestro mundo. Sobremanera el muchachito.
El muchachito creyó que, por estar dotadísimo en las artes de la abogacía y muy fermentado en prestigio y clientela, se podía permitir el lujo y tenía vía libre para no crecer como persona en otras múltiples facetas de su vida. Esto lo traducía él en un estilo de vida: todo por y para mi despacho y mi nombre como letrado; poco más, migajas si acaso, para el resto que me circunda.
Borges no supo jamás tañer un alma tan fina como la de Belma. Un espíritu que no reclamaba en el fondo de sus reivindicaciones el fifty-fifty, sino que su marido saliera de ese vórtice, de esa vorágine que devoraba la vida personal del picapleitos y no dejaba ni siquiera rescoldos para su hogar. A Belma le perdió esa manía de tantos, que consiste en consentir durante muchísimo tiempo actitudes ineptas y desconsideradas por parte de otros e ir tapándolas..., al creer que con palabrería y gestos un poco desesperados convencerán, cansarán y educarán, no consiguiendo más que hartazón en la exangüe y prolongada contienda; cuando probablemente lo infalible en estos casos fuese pegar al principio un solo manotazo encima de la mesa, plantarse, mirar a los ojos y matizar detalladamente del mal que ha de morir el otro si no cambia. Todo esto al principio, y no al final.
¡Eh, Nano!, dónde te metes a las diez y media... ¿En la Campa aún a esta hora?... Y con el Señor, ¡huy qué peligro!... No os mováis de ahí que acudo en diez minutos…
La Campa de Éduard Vidriera estaba situada en el cogollo de la Punta. Era ésta una zona en los aseados arrabales de Valencia, donde aún se conjugaban armoniosamente la huerta y sus acequias -con sus penúltimas barracas haciéndoles memoria a los Ches-; algunas fábricas ligeras que habían desatendido la deslocalización hacia polígonos más recientes, más modernos; algún que otro desguace de coches, y dándole la mano a este gremio, la Campa de: “Desguace Industrial É. Vidriera: Residuos metálicos, reciclaje de fibrocemento”.
Vidriera para el letrado Borges Ruiz era el tipo..., ese tipo de cliente ideal. Esto último certificado por detalles como el que sigue... Confiado hasta las trancas el chatarrero por el simple hecho de tratarse su amigo el abogado, de alguien con algo colgado en la pared del bufete, sobre su cabeza, distinto del marquito -más bien, el lema enmarcado de aquella manera- que presidía su despacho en la Punta..., y que hacía siempre sonreír a todo el que por primera vez se lo topaba al entrar en la oficina de la campa... Ya se verá...
Por otra parte, la confianza del industrial del residuo metálico hacia el letrado estaba avalada por tantos y tantos asuntos resueltos por Borges Ruiz, tanto de índole personal como profesional. Para Borges, su metálico representado suponía una fuente inagotable de faena, traducida en minutas con enjundia y preñadas de ceros a la derecha. Lo que el picapleitos decía iba a misa y volvía; lo que saliese por la boquita de piñón del brutote del Nano Duardo, y lo más importante, la manera en que éste solía retorcerle el brazo a la legalidad con muchas de sus acciones, suponía siempre para el profesional de la abogacía echarle horas en su bufete al entorno estrafalario de Vidriera, o bien como en el caso que nos entretiene, pasar un rato distendido en la Campa haciendo un receso en su poco remansada y templada vida.
Cuando a principios de la década de los setenta, el Nano Duardito Vidriera tuvo la oportunidad de integrarse en cualquier banda de atracadores de bancos y joyerías de la capital del Turia, su padre le agarró de las solapas, lo metió a trompicones en el concesionario de Barreiros y le avaló con su firma -con el pisito de la Avenida del Puerto del ministerio de la vivienda, recién acabado de pagar-...la compra de lo que iba a ser la semilla de su vida profesional. El camión Barreiros de Éduard Vidriera y el desparpajo de ambos se hicieron con todas las matricerías de metales, carpinterías de aluminio -tan florecientes pocos años después-, e industrias auxiliares donde se tuviera a bien perderse unos cientos de kilos de cobre; en fin, haber dicho entonces que la chatarrería y el desguace en general eran un gremio exclusivo de gitanos, era no querer ver los ojitos azules del dueño del Barreiros, ni atender al hecho de que ninguno de sus apellidos fuese Heredia, Cortés o Vargas.
La Campa a modo de paño de lágrimas, donde aquella noche acudía Borges Ruiz, era la misma que vio despegar el negocio tras la muerte de Franco. Pese a poder haber comprado el terreno en varias ocasiones, Vidriera siempre sostuvo: “Alquilada, alquilada, asín si tengo que salir corriendo de hacienda...”, y a continuación iba la tonante carcajada del chatarrero -¡perdón!, ya incipiente industrial de desguace.
La interminable cancela automática estaba abierta de par en par, los perros que andaban sueltos iban olisqueando al paso las ruedas del automóvil del letrado Ruiz, reconociéndolo y no alertando. Entrando a la derecha se encontraba el Barreiros ya jubilado, calzado sobre traviesas de mobila. Cuántas veces acudieron tantos diciéndole: - ¡Duardito, valen más las vigas que el trasto que soportan! - ¡Deja, deja; que se lo tiene bien ganado! -contestaba él siempre-. Allí estaba como de exposición. Si a su hijo o a su sobrino se les ocurría posar un mal palé sobre el jubilado gallego, esa semana no cobraban. Era devoción y reconocimiento para con su amigo Barreiros.
Mucho personal por cuenta ajena era el que había desfilado por el negocio; si Vidriera firmaba contratas de volumen, acudían operarios eventuales hasta la finalización de éstas. Los dos fijos eran el Caco y el Kiko; hijos de Rosaura, su primera mujer, y de una hermana de ésta respectivamente. Desertores de la logse, pero con un oficio enseñado a fuerza de soplete y botellas infernales de propano y de oxígeno, amén de la sombra, si bien no alargada del Tito Duardo, al menos compacta, embrutecida y dispuesta a dar un soplamocos a la primera salida de pies del plato de los dos aprendices.
En el siempre ordenado descampado -gracias a la habilidad de los chicos con el tetris y a su desparpajo con la fenwick-, ya si apenas se apilaba y almacenaba material como antaño. Ahora las operaciones las cerraba Duardito directamente. Allí ya no había menudeo, y la báscula que quedaba era más bien para algún despistado que desconocía la mecánica actual del business del señor Vidriera.
Dos oleadas de alzas económicas y sus coletazos fueron las que Éduard no se resistió a cabalgar en su día. La primera, la del desmantelamiento de los altos hornos del mediterráneo en Sagunto; la segunda, la del despertar metropolitano del gigante dormido del Turia a principios de los noventa. Esto hizo que el delegado de Lajo y Rodríguez -el mayorista de residuos metálicos más potente de España- en Valencia, pusiese alfombra roja cada vez que aparecía el señor Vidriera, allá por el polígono de la Fuente del Jarro. El de ojitos claros, siempre fiel a su lema enmarcado -que más tarde se verá-, se prodigaba en Lajo, tanto con secretarias como con basculistas. Y éstos ya no sabían si trabajaban más para el que pagaba su nómina o para el Nano Duardito...
El que hacía tres de los coches alemanes aparcados en la Campa cerró su puerta del conductor con la despreocupada llave de contacto puesta y todo. Miró Borges aún desde afuera, y a través de la apaisada ventana de la oficina observó en el interior de ésta la imagen iluminada por los neones, de Éduard, el Señor y de alguien más… Efectivamente, allí estaban los tres: Duardo, el Señor y Rafael Vidriera hecho polvo. Cuando al contenido de aquella urna que se vislumbraba en un armario tras Éduard, le quedaba aún un atisbo de hálito, este contenido, algo menos hecho cisco, expresó de forma muy clara su penúltimo deseo: “Toda mi puta vida entre fuego de soldaduras en la Naval del puerto de Valencia, para que ahora me coman los gusanos. ¡No hijo, no! Duardito: me incineras y echas las cenizas por los campos de Cabra donde me crié”. La primera parte de las voluntades del que enderezó a su hijo en la fragua del Barreiros era evidente que se había cumplido; el viaje a tierras egabrenses era patente que aún no. Un encargo de este tipo le superaba a todas luces y era incapaz de afrontarlo solo. Duardo no necesitaba directamente a nadie para hacer dinero; para todo lo demás gustaba tener una cohorte y una clac que dejaban traslucir, al menos, su pavor a estar solo, o a ese malentendido sentimiento de soledad que creen muchos que es quedarse en compañía de uno mismo. Desde que la urna descansaba en el armario metálico -claro- con puertas de cristal, hacía ya más de un año, él no había sido capaz de organizar la peregrinación a tierras cordobesas para acabar de honrar a su progenitor. Sin duda acabaría cumpliendo la palabra dada; pero de momento, y por muy improbablemente solo que estuviese en la Campa, no acababa de estarlo del todo.
Observó Borges todavía desde afuera al Señor..., con su carísimo reloj de aviador, su sempiterno cohíba y su coleta, que más le daba aire de diseñador de trapos caros que de hombre de paja..., siempre dispuesto a salir ardiendo si el montante del IVA de la factura falsa emitida por él así lo requería, lo merecía más bien. Recordó Ruiz que fue él quien se lo presentó a Éduard al principio de la relación cliente-letrado. Fueron aquellos momentos en los que Industria Vidriera se deshacía en pagos con Hacienda. Llegó el Señor, y la partida de gastos subió en el platillo, como bajaron los hachazos del “somos todos” al otro extremo del fiel. Al letrado le imponía tanto este tipo de personajes, que prefería no pronunciar ni siquiera su nombre. El Señor era el Señor y punto.
El tipo de amistad que aquí se conjugaba tenía mucho que ver con la que poética y magistralmente nos desveló en su día Hawthorne. Y estaba mucho más cerca del resplandor solar sobre el tronco gris cubierto de moho, a modo de fosforescencia engañosa de la madera podrida, que del aspecto risueño, juvenil y luciente del reflejo del brillo verdadero sobre la rama verde.
¡Cuánto bueno y granado junto! -fue el saludo protocolario del letrado Ruiz.
¡Hombre el picapleitos, pasa, pasa; y tiéntate bien la cartera! -y explotó en una risotada de las suyas el amo del lugar.
Aún desde unos centímetros bajo el dintel de la puerta metálica -a ver si no- de la oficina, observó Borges lo que casi a diario podría hacer cualquiera que por allí se pasara a partir de la caída de la tarde. Duardito presidiendo su despacho en su sillón giratorio. En la pared, sobre su cabeza, y enmarcado sin mayores pretensiones, un azulejo de Manises regalo de un amigo; servía tanto de título del lugar como de lema de su vida: “Manos que no dais, ¡qué esperáis!”. Para quien no lo conociera, allí estaba por escrito y enmarcada la filosofía de aquel hombre... Ya se vio.
La clac la componían unos días unos, otros días otros; el sol sobre el que giraban presidía siempre aquella mediana mesa, donde rara vez desertaban las botellas de Johnnie Walker etiqueta negra y de Jack Daniel´s; el resto del carnaval para amigos de confianza... en algún cajón de la mesa se alojaría.
Hola Duardo; Señor... Siempre un placer.
Siéntate, siéntate. ¡Qué, la parienta otra vez!, ¿nooo!... Si es que la más buena, ahorcada, ahorcada... -y de nuevo el tonante rugir del de los ojitos claros.
Ya te has pasao tres pueblos, Éduard –y tomó asiento el letrado.
¡Borgito!..., ahora en serio; ¡arréglate con la Belma! Aquí siempre eres bienvenido, pero compara lo que en este lugar se cuece a las once de la noche, con lo que tú tienes entre cuatro paredes en el centro de Valencia... ¡Piénsalo!
Nano, no he venido para que me sermonees...
¿Ah, no?... ¿Está para conducir mi picapléitos?... -dicho con aire bribón.
Pues claro. Cuando vosotros bebéis..., gente sobria como yo arreglamos vuestros desaguisados... ¿O no, Señor?
El Señor, a efectos dialécticos, ni estaba ni se le esperaba. Asentía tintineando un trozo de hielo contra el vidrio de su vaso largo. La mezcla de agua -en distintos estados- y Jack Daniel´s soportaban el momento. Al fondo de sus mínimos y engurruñados ojos se presumía alguna aturdida luz.
El guardacoches del aparcamiento de “El Venado” tenía más crédito en cualquier banco de Algemesí que un administrativo, funcionario o mediano comerciante de la comarca. Su aval era -aparte de trabajar para Juan El Inglés- la descomunal cuestación hecha por aquél durante seis días a la semana. La sinecura de indicar una plaza vacía y abrirle la puerta del vehículo al expectante cliente, era motivo suficiente para soltarle la mayoría de las veces un billete de cinco euros. Esta munificencia no estará nunca lo suficientemente estudiada; pero así a bote pronto, puede que se deba a querer aplacar, por un lado, esa mala conciencia que siempre asalta al que se presta en breve a invadir intimidades, y por otro…, qué menos que ser generoso en el momento de la arribada, de la bienvenida al lugar donde el andoba de turno se dejará cien, doscientos, trescientos...
Señor Vidriera y Compaña... Me alegro mucho de verlos -dicho con tono granuja y sumiso.
Buenas noches, Cristóbal. -y le soltó uno de diez el dueño del Audi y de la idea de la correría nocturna.
La iniciación es, esencialmente, un proceso que comienza con un rito de sumisión, continúa con un periodo de contención y, luego, con otro rito de liberación. No sabía ni por asomo el letrado -ni se lo imaginaba remotamente- que este enunciado de C.G.Jung iba a ser en esta ocasión, y en su caso, sólo cierto hasta la tercera coma...
A Borges Ruiz comenzaron a rondarle mariposas por la boca del estómago; algo así parecido a lo que sintió cuando por primera vez lució la toga. Menos mal que la empresa de mujeres de distraída moral estaba en todo, y unos servicios -exclusivamente para caballeros, claro- ad hoc, justo antes de las dos puertas de acceso al santuario de ninfas, aliviaban vejigas nerviosas y templaban gaitas. Aquí, algunos que algunas no querían ni ver, hacían una puesta a punto previa para que todo no fuese llegar, besar a la santa, y...
- lo siento chato, esto le pasa a los mejores potros...
La “simpatía” de las señoritas hacia los de la previa la manifestaban en estos términos: “Pues no te joroba el tío cabrito; este no sabe que nosotras la gimnasia la hacemos por la mañana...”.
¡Vamos, chacho, acaba ya de mear! A ver si desengrasando un poco adentro, te relajas y ves con otros ojos lo tuyo con la parienta.
¿Cómo eres así Duardito? Yo soy virgen en estos lances y me pongo nervioso...
Y yo San José Obrero, no te fastidia. ¡A ver, el Señor, el Señor, que no se nos pierda!; que éste es capaz de aparecer en los naranjales -esto replicaba el Nano Duardo con sus aspavientos y risotadas cuando entraban por la puerta que daba a la barra de Jhonny El Pipa.
Jhonny El Pipa era el camarero de barra con más predicamento de la Casa. Tenía sus clientes adeptos, y tanto era así, que de vez en cuando al comenzar la sesión El Inglés lo mandaba a la otra; de modo que los asiduos del ínclito barman, al entrar por la puerta donde se le suponía detrás, se topaban con otro compañero; y lo más habitual y natural era que se quedasen allí, un poco por cortedad de no parecer ir lampando detrás de una persona. Si acaso, una vez subidos y bajados de las habitaciones superiores, acudían al encuentro de él, en la barra donde de normal no se encontraba. El Capo sabía de sus mañas con los clientes -¿Qué no se las habría enseñado él mismo en su día?
A los “gloria bendita” -los de toda la vida- les cobraba la mitad de las consumiciones hechas. Las de las chicas, siempre religiosamente abonadas. Se sabía el nombre de todo aquel que pisara por dos veces su santuario -en esto recordaba mucho al molt honorable president Pujol, memorizando para siempre los nombres de los placeros en el mercat de la Boquería-. Cuando te servía, se deshacía en amabilidades nada impostadas -ya no era el caso anterior-; te contaba el último de leperos, y rubricaba el trato cercano con tocamientos de antebrazos y manos.
Jhonny El Pipa era un tipo genial. Sólo cojeaba del abuso de las ayuditas tan al uso en el mundo de la noche; acarreadas la mayoría de las veces por los mismos “gloria bendita”, en señal y pago de un agradecimiento y una camaradería mal entendidos.
Aquella noche El Inglés no barajó al personal.
¡Cuánto bueno, cuánto bueno van viendo mis ojos!... El Nano Duardo, el Señor, y a usted..., disculpe, no tengo el gusto -fue dando uno tras otro de forma eléctrica la mano. La de Éduard ya le soltó algo...
¡Pipa!, ¡cuánto tiempo ha pasado desde ayer, coño! Mira: si necesitas a alguien que te joda más de lo que ya estés..., éste es tu hombre: ¡Letrado Borges Ruiz!
De forma sincronizada, Borges se sacó del bolsillo izquierdo de su chaqueta una tarjeta de visita hecha todavía en imprenta; con la mano derecha y su correspondiente antebrazo comprobó la hiperactividad del solícito barman.
Mientras Duardo y el Señor -siempre impávido- se despachaban con los chascarrillos y risotadas que se les hubieran quedado en el tintero la noche del día anterior, Borges se puso de espaldas al espejo corrido que todo el dorso de la barra de Jhonny revestía. Pese a que todo el mundo fumaba rubio americano, la atmósfera no cargaba. El ambientador y difusor colocados por un feligrés asiduo había dado en el clavo de discreción requerida por El Inglés. La música no molestaba nada; había que echar una moneda de euro en una máquina que dispensaba el audio y el vídeo, que la mayoría de las veces seleccionaban las “Niñas”, haciendo cuestación, cuestión de enganche y pretexto para entablar conversación.
El decorado nada tenía que ver con las purpurinas, las venus y los fustes griegos truncados que en otros tugurios se estilaban. No era el salón de tu casa... Era mucho mejor –pensó medio abducido ya.
¿Y las mujeres dónde estaban?... Pues allí, como gorriones en un otoñal parque. Sin la algarabía de abril, pero con el carácter rebosante de juvenil alegría que estas aves siempre nos recordarán. Picoteaban en los taburetes de las barras, revoloteaban entre los sillones discretos y dispersos al fondo del salón; y en la parte más despejada y franca de éste, se pavoneaban de pie en animada cháchara entre ellas, o con los amigos ya hechos.
Se volvió Ruiz de nuevo hacia el mostrador de la barra, una vez inventariada la parte de El Venado que Jhonny pastoreaba; y un poco acogotado por tanto guiño que le dispensaban en body, shorts y tacones o plataformas de vértigo.
Duardito informó sobre lo que el letrado habitualmente bebía. Las tres copas estaban ya servidas de forma impecable al trío calabérico... Por la arcada de cañón abovedado que las dos salas del Club unían, aparecieron tres cuerpos agitados y sus respectivas almas desordenadas: Blanca se emparejó con su novio Éduard; al Señor le asistió María José de Cofrentes -una mujer radioactiva y del terreno-; y la suerte quiso que recién bajada de un servicio, Clara la “Uruguayá”, continuase febril su destajo, atendiendo la llamada de las otras dos para cuadrar y llegar a ser tres; y arrimándose con frescura a Borges.
Invitaron -invitó a todo esa noche Vidriera- a las señoritas a tres copitas de esas que ya tenía preparadas con antelación El Pipa en botellas de dos litros; era un rebujito suave, con muy poco alcohol; lo tenía en diferentes envases con naranja, limón y cola; y se conocía de memoria las preferencias de cada una de las chicas. Jhonny era un cielo, y sus estrellas colgadas también lo adoraban.
La sudamericana estuvo a punto de clavarle al pimpollo -que ya de lejos se lo olió- el benjamín de treinta euros. Duardito siempre al quite, en todo siempre, la toreó.
¡Oye, oye, Nena, no seas vividora! -y explotó como siempre de risa.
¡Vámonos tos parriba! -prosiguió él- ¿Podemos o no podemos, señor letrado? ¿Cómo llevamos el trimestre, Borgito? ¿Bien, no? Pues lo dicho: ¡tos parriba!
Llegó la media docena andante al trance similar al de antaño, cuando de forma embarazosa se compraba la entrada de la sala X, o la cajita de Dúrex en el quisquilloso y meapilas boticario. Allí siempre estaba María Posé, haciendo mágica transformación entre vil metal y ratos de gloria, al pie de la escalera; parecía que la hubiesen parido en el receptáculo con ventanilla, donde ella aguantaba estoicamente durante diez horas ininterrumpidas y seis días a la semana. Por sus prestas manos pasaba la facturación mollar, que hacía enarcar las cejas de todo inspector de hacienda que a bien tuviese meter la nariz -o lo que anhelase el buen hombre- en el negocio, el cual legalmente rezaba como: “Servicios Hosteleros El Alivio”. También pasaba por su poder el rollo de cocina de Colhogar que facilitaba a las “Niñas”, y que era cortesía a precio de coste por parte de un parroquiano representante de droguería. Se conocía de memoria los neceseres de cada una de ellas, perfectamente colocados tras de sí en una estantería..., que la más ordenada y coqueta oficina de la Poste Française hubiese envidiado.
Hola, María Posé -y le arrimó la primera visa que pilló.
Buenas noches, Duardito. ¿Qué..., vienes hoy de Cicerone? -apartó un poco el librito de pasta dura que leía a ratitos; al revés pudo leer Borges: “Miss Giacomini”; al lado había otro de bolsillo, éste lo pudo leer del derecho: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”.
Te presento a Borges. Es buen chico; hoy está aquí tan desorientado como yo cuando me hace ir a su despacho. En un ratito saldrá como nuevo, ¿no, niña? -y rempujó a Clara.
Tres servicios de una hora. Total, trescientos euros, señor Vidriera -al cobro guardaba mucho las formas-. ¡Hola, Señor! -no lo había visto, lo había intuido, más bien, olido-, cuidadito con el Cohiba, que las camareras se quejan luego de vuestros quemazos en las sábanas -y el Señor a lo suyo, o sea, a nada mientras no tuviese que extender su bloc de facturas, sellar y firmar con su achicharrado y ya casi acorralado por Hacienda, NIF.
Subieron la escalera más amable jamás construida; metáfora perfecta de una de las ascensiones más risueñas que se puedan ustedes imaginar.
Y tras la puerta que dio intimidad a Duardo y Blanca se escuchó: "Esta mañana temprano -vaya por dios-, nos han traído los del Corty el lavaplatos y la nevera nueva. Cuando a Narciso me lo ha devuelto del cole al mediodía el educador social, nos hemos puesto muy contentos; me ha dado un besito mu grande pa ti. Como este, !muuuua¡. Estamos todos muy ilusionados. ¡Pero qué bueno y grande eres, Duardito!".
Blanca Bocanegra tenía treinta y tres cuando agarró a su hijo Narciso de ocho, cogió la primera maleta del altillo de su habitación, que le cayó encima por la precipitación, y salieron corriendo y mirando hacia atrás, no fuese a caerle otra “puñá” del hijo de puta de su marido, chulo y padre de su hijo.
Cuando la pareja -madre e hijo- de Valladolid arribó a la estación de autobuses de Madrid, Blanca se dijo: “No. Demasiado cerca del Pisuerga; más lejos aún”. Y aprovechando que el cauce nuevo del Turia pasaba por Valencia, cogieron y continuaron el viaje de huida.
Juanito El inglés tardó minuto y medio -como José Luis Fradejas- en darle cauce a la causa de Blanca Bocanegra.
Hacía medio año ya, el chatarrero y la todavía hoy puta se conocieron aquí en El Venado, y en el más estricto sentido bíblico. Hacía tres meses se habían creído enamorar, y con toda seguridad ennoviado; yendo a pasear los tres los domingos por la tarde a los jardines del Real. Y sólo treinta días atrás, que la férrea voluntad de Vidriera hiciese saltar por los aires todos los candados y cadenas impuestos por la pucelana para salvaguardarse ella y su querido hijo. Estaban ultimando la compra por parte de Duardito del piso en alquiler que ocupaban Narciso y su mamá, y la puesta a punto del inmueble para irse a vivir los tres juntos en un mes, día arriba, día abajo…
Blanquita mía, castellanita de los cojones, ya no me hace ninguna gracia venir a verte aquí.
No seas tonto Mimosín. Ya lo hemos hablado; estoy aquí prácticamente de despedida. Todos mis ex-clientes ya lo saben. ¡Además, si son medio amigotes tuyos y los conoces! Tienes que respetar mis condiciones, cielo. ¡Vamos!, que vengo muy castigada de atrás -de tiempo atrás, entiéndase.
Y de la fiesta de despedida que me ha dicho El Pipa que estáis organizando. ¡Qué!; ¿qué leches es eso?
Hoy es lunes, ¿no?; pues en tres lunes más sin contar éste, será la despedida.
¿Y eso de qué va mi amor?... Porque hace rato que no me dejas estar engolfado.
Ya lo sabrás a su debido tiempo. Estás invitado al final de la misma. ¡Ea!
Y tras la puerta que dio intimidad al Señor y a María José de Cofrentes se pudo oir:
¡Ayyy mi coletita y su bloc de notas, pero qué templao que es! ¿Qué eres, escritor, hijo? ¡Anda, saca la papela con esa alita de mosca que sólo los bohemios lleváis!
Impasible, el Señor dio cauce a casi todo lo que la eléctrica de Cofrentes requería. El caudal del Júcar no habría bastado para enfriar aquella noche el corazón nuclear de María José. Y ésta, se templó lo que pudo…
El Jack Danield´s del Pipa por la patilla, más todo lo demás, habían dejado inhibido y retractilado todo asunto que hubiese podido tener pendiente el Señor aquella noche. De haberse María José subido el punto de cruz durante aquella hora, a buen seguro que le habría salido un dibujo la mar de psicodélico; empero, aprovechó el móvil de él durante la cabezada de cuarenta minutos que se dio, para llamar al Pueblo, a su madre, y preguntarle que si el niño al llegar del Cástor College había hecho los deberes, y que si había merendado y cenado bien y acostado pronto. La madre cumplimentó al detalle a la solícita y medio varada en estos momentos María José; y le recordó que no se olvidase “nunca jamás” de hacer gárgaras con el Oraldine tras cada servicio.
El estado somnoliento, casi catatónico, que de forma paradójica le insuflaban al impávido Señor la ingesta de alcohol y los tiros de polvo, le hicieron una vez más ser convidado de piedra -de escama para ser más exactos- de sus insulsos sesenta minutos.
Y tras la puerta que dio intimidad a Borges Ruiz y a Clara Díaz sólo se pudo entender en un hombretón balbuciente:
Por muy chocante y paradójico que parezca, de todas las palabras que aquellas tres puertas oyeron esa noche, estas últimas declamadas patéticamente por el hasta entonces avispado letrado, fueron pero con mucho, las más estrafalarias, inconexas, depravadas e inconsecuentes de todas.
El haber acudido al “puerto deportivo y de recreo” de El Venado con esa gravedad y circunspecto perdido, fue un error tan de bulto como el que hubiese cometido el hijo de la Thissen acudiendo en chanclas, bermudas estampadas y camiseta de Snoopy, a la oficina de la autoridad portuaria o a la del señor Boluda, por un acaso.
Sería curioso también analizar cómo un hombre curtido en cientos de pleitos, en los que se había batido el cobre, acompañado de una dialéctica sin contemplaciones ni concesiones al adversario, y un verbo claro, acerado y demoledor, cayese de modo tan facilón y poco rebordecido.
Estamos de acuerdo en que Clara Díaz no era una adversaria. Su mundo, torcido generaciones atrás, no conjugaba el verbo querer con el corazón. La actitud de hombre derrumbado y necesitado la supo leer la uruguayá desde el saludo de presentación en la barra de Jhonny. Ella haría con él -con su vida- lo que tenía que hacer; y esto era..., saber lo elástico del plástico de sus visas y mastercards.
Aquí la única lucha que se recalca es la de un hombre contra ese mismo hombre, y los indicios de falta de confianza y de fe en él mismo; como pudieron ser esas medias palabras, tan parcas como delatoras, de pelele tras esa puerta.
Es curioso también analizar cómo el letrado, que veía que el barco de su vida personal hacía aguas por muchos recovecos del casco, decidió ir a la santa bárbara, coger un barreno y acabar cuanto antes con la presunta agonía de lo que le daba sustento -tormento sostenido, según su opinión, y sostenido básicamente por él-. Eso sí, creyendo saltar a tiempo a la indemne embarcación profesional atracada junto a ésta, como si nada hubiese acaecido en su vida... Y todo pudiese deslindarse en el basto mar.
El estar en vías de volar por los aires el símbolo de la confianza en sí mismo, de su fe en las promesas nobles -llenas de valor y generosidad- por las que siempre luchar -esto ya le habría sonado a chino-, le hizo adquirir pies de barro en todo lo demás de su vida. El gobierno de la Nao profesional con esos pinreles de adobe, provocaría nuevas y peligrosas vías de agua en el conjunto cada vez más vacío de su existir.
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Era lunes, un lunes cualquiera de un ya avanzado otoño. Lalo Monje estaba embocando la rotonda de Utiel que sigue enlazando la carretera de Teruel con la A-3. El Sol estaba bajo a esa hora de la tarde. Las hojas de las viñas comenzaban a tomar durante esos días el tono de sus ya ordeñadas hermanas las uvas; la sangría de los lagares quería pintar no sólo el interior de las botas, sino ser también protagonista de la estampa rojiza e incendiada de los campos de la valencia castellana al atardecer.
Iba absorto y cansado; atendió a las señales, no quería irse para Madrid. Cruzó el puente sobre la autovía, hizo el Scalextric y se dijo en voz alta: “¡Bien!”. Algo somnoliento, se metió una pastilla de chicle en la boca. Intentó recordar un poco la jornada desde que antes del amanecer saliese de su Casa en Blasco Ibáñez..., en Valencia.
Aquel lunes tenía que estar antes de las nueve de la mañana en la granja escuela situada en una pedanía de Talayuelas, en Casillas de Ranera; allá por la encrucijada de Valencia, Cuenca y Teruel. Los dueños del negocio de tan enlatada naturaleza, habían contactado durante el pasado verano con él. Necesitaban para el primer día de cada acampada un profesional que impartiese unas nociones básicas sobre cocina, partiendo de la materia prima que tanto el huerto como el corral facilitaban con prodigalidad. Palabras casi textuales de los señores dueños. Precisamente era este lunes el estreno de la citada iniciativa. Cuando llegó a las ocho treinta pasadas de la mañana, en la explanada del lugar ya estaba aparcado un autocar serigrafiado a todo lo largo con: "Cástor College". El pastelero autobús ya no le dio bien en la nariz.
Las señales horarias de las siete de la tarde le sacaron del recuerdo de su accidentado debut en ese rincón perdido de España. Al ver Requena por el retrovisor, miró la hora y calculó que llegaría bien de tiempo a Micer Mascó. De haber habido allí en el coche -uno de los lugares donde mejor nos despachamos a la hora de hablar solos- otros oídos aparte de los suyos, hubiesen escuchado: “Maldito niñato Hijo de Puta”. Y es que trabajar con soltura era cada día más complicado. Continuó conduciendo hacia Valencia y recordando...
Pepe y Bienve -los dueños de tan natural negocio- le invitaron a desayunar un bocadillo con el pan recién traído de Sinarcas, abarrotado de embutido de Utiel; Lalo no le hizo ascos ni mucho menos a la segunda sesión de la primera comida del día. Estas son las ocasiones en las que a los melindres los tenemos que aparcar y explayarnos en el placer -caviló gozoso.
Le mostraron las instalaciones y los alrededores. Todo lo natural abstraía siempre al cocinero, y en algunas ocasiones, aunque sólo fuese para comprobar que era fuente y principio de lo prodigiosamente artificial de nuestras vidas modernas.
Sobre el caño eterno del manantial, que brotaba en todo lo alto de la Granja, Lalo oteó un bellísimo paisaje de interior. Tierras de pinares -aquí, ya de pinares-, vid y cereal. Pensó una vez más en el carácter abrochado de sus habitantes. Espíritu que hacía que lo establecido y lo inamovible durante tantas centurias siguiese ahí. Contrapunto del extremo costero, más propicio para personajes como él: dispuestos siempre al salto de la mata, a salir corriendo o navegando donde fuese: a Casillas de Ranera, a redescubrir, si hacía falta, América…
Si la inicial visión del cursi autobús no le olió bien, el golpe de vista sobre la lista de los niños, que resultarían con menos espíritu granjero que Paris Hilton, le pareció que no mejoraría sus impresiones pituitarias. Los nombres y apellidos de los angelitos y angelitas, con doce años la mayoría a esa altura del primer trimestre del curso escolar, se los habían transcrito al español.
- ¡Cojones!, nombres chinos, rusos; ¡alto!, uno francés. Depardié –mascullaba para él.
¿Depardié, s´il vous plait?...
Oui Monsieur...
En español si no te importa -lo observó; era un chico delgado…, de momento; lleno de granos, media melenita castaña y lacia. Podría ser-. ¿Familia del actor? ¿Garçon?
Lalo calcó la miradita llena de mala leche tan bien escenificada por todas las maestras del mundo: cabeza pelín gacha, puente de las gafas a la altura media del de su hermano nasal, mirada sin pestañeo por encima de las lentes y con las cejas enarcadas; vuelta a su sitio inicial de las gafas. Aquí no ha pasado nada. Continuó la lectura mental de la lista. ¡Hombre!: Nicomedes de Justo... ¡Este va a ser mi hombre!...
Nicomedes de Justo...
¡Dime, tío!
Hijo de Puta, tendrían que devolverle todo el dinero malgastado a sus padres -Se dijo Lalo para sus adentros, y se sonrió como pudo por afuera.
Nada. No había manera de rematar de forma cortés.
¿Y de Cofrentes vas todos los días a Puçol? -quería romper algo el hielo y encauzar al raspado y malaje zagal.
Mi abuela me alarga a Valencia, y allí cojo el bus del cole.
¿Tu Abuela?...
¡Sí! ¿Qué pasa, tío? Mi madre tiene horario de tarde noche y se levanta casi al mediodía.
¿Y tu padre...? -descaro con desenfado se paga.
Mi padre, dice mi madre que es el delegado de Óscar Mayer en Valencia; pero que es el mayor cerdo de toda la empresa...Porque no me reconoció el tío cabrón.
Esto no se lo esperaba Lalo ni por asomo. La risotada del casi medio centenar de los de primero de la E.S.O fue tal, que Bienvenida, que estaba en el calvero exterior nivelando el trípode del infiernillo de gas para la paella, salió como alma que se topa con los hermanos Matamoros; y apareció en un santiamén en el taller de cocina. Lalo, al verla con carita, salió al cuidado e iluminado a aquella hora porche porticado de madera.
¿Qué le pasa a los mocosos esos, Lalo?
No ocurre nada, no te preocupes, Bienve. Es la edad. Están henchidos por tanto nuevo -no se lo creía ni él-. Además, se ponen bravucones estando encerrados.
Es el pan nuestro de cada día. Yo creo que no están acostumbrados a tanto oxígeno -le respondía con desenfado la entretenida y ocasional pinche de cocina.
Pierde cuidado, Bienve, yo los entenderé... Voy a volver adentro para sacarlos.
¡Ah, disculpa!, se me olvidaba; no quedan ni tomates ni pimientos en el huerto. El sábado te los compré en el Mercadona de Utiel. Diles de todos modos a estos desarrapados de marca mayor que son de aquí, ¿vale?
¿Y el pollo y el conejo? -le preguntaba azaroso y desconcertado, el cocinero.
El conejo es de Artola, todo troceadito; ¡pero qué aseaos son estos de Artola! Lo tienes junto al fuego, en la bancada que te he armado para la paella. El pollastre igual que las hortalizas: de Mercadona.
Pero..., yo creía que íbamos a hacernos un par de animalitos de los de aquí. ¡De los del Corral! Qué lástima, mujer -como queriendo parecer que esto le chocara... o no se lo esperara.
¡Anda, anda, ni se te ocurra! Están de atrezzo. ¡Pobrecitos!
Vaya por Dios... Por cierto, Bienve, ¿Lo del pimiento en la paella? ¡Eso es tuyo?
¡Ay, Lalo, perdona!, como mi marido es murciano; ya sabes...
Saliendo todos los mastuerzos casi en desbandada del interior del albergue que hacía de improvisada aula de cocina teórica, Lalo contempló apostado y algo pensativo sobre el quicio de la doble puerta, cómo se acercaban algunos a “Diesel”; y al paso de todos, la mayor colección andante de braguitas y calzoncillos Calvin Klein jamás vista. Durante la transhumancia de la descarada fauna recordó que en los Salesianos no les dejaban ni tan siquiera ir en zapatillas de deporte a clase. El término medio -lo tenía clarísimo-, no deambulaba en estos momentos por delante de sus narices.
Recordemos que tras el desayuno con Pepe y Bienve a modo de pitanza, y mientras los zascandiles niños cubrían sus aún vergüencitas con Marcas en la parte de la Granja habilitada como dormitorios, y terminaban de vestirse del modo más inapropiado para unos días de campo, él, en el pequeño calvero donde la anfitriona hacía sólo unos minutos casi fulmina un récord de velocidad, y que le recordaba a las eras de su niñez, montó todos los útiles auxiliares para la clase práctica.
Allí se dirigían todos tras haberse roto -destrozado más bien- el hielo del modo tan kafkiano como ya hemos contado. El numeroso grupo se concentró alrededor de Lalo y de la bancada improvisada por el matrimonio al modo que lo hacían los oficiales y suboficiales del General Cárter en torno a éste antes de arremeter contra los indios, con la pequeña diferencia de que el General Monje iba a ser fusilado en breve y sin contemplaciones por tan peculiar tropa.
Habiendo llegado a la clara y recogida explanada, el cocinero pudo dar fe de que el matrimonio anfitrión podía ser un par de impostores, pero que no tenían nada que envidiar al pinche invisible de su amigo Arguiñano. Todo estaba allí perfectamente alineado y ordenado por colores; eso sí, el género aún entero, sin picar ni trocear. ¡Qué vergüenza!, el garrofón y el mismísimo ajo se estaban descongelando ante sus narices. Antes de ponerse manos a la masa, Lalo deseaba recabar un poco de información sobre la experiencia en la cocina que los allí presentes quisieran transmitirle. Esto comenzaba a ser insoportable, pues no pudo oír comentarios que no fuesen: “Vaya rollo, en mi casa se encargan las paellas a La Pepica”. “El mejol al-los se come en la China comunista”. “¡Anda, anda, que como el de Casa Carmela ninguno!”. “Nada como ir al McDonalds los domingos al mediodía con mi abuela y con mi madre” -remató Nicomedes de Justo, hijo putativo de Cofrentes...
¡Vale, vale, Chicos!; es suficiente. Continuemos -Lalo se iba cargando más y más.
¡Voluntarios -seguía hablando, voceando, él- para trocear un poco más este rico “pollo campero”, y picar esta “fresquísima” verdura! Please...
¡Ninguno!; además prosiguieron los exabruptos: “En casa se compra el ajo picado ya, y congelado del Mercadona” -desde los medios del tendido un miope presumiendo y no habiéndose puesto sus putas gafas de buena mañana se lucía-. “¡Qué asco, ajos; eso es condimento de horteras!” -decía una Lolita al fondo-. “Para qué necesitamos saber de paellas, si las ecuatorianas de casa no entienden ni encienden las cocinas digitales de inducción; y encargan todas las comidas al Restaurante del Corte Inglés” -el ucraniano Vladimir quiso poner la mejor guinda en el peor pastel.
Intentó recordar Lalo las pequeñas vejaciones sufridas en la cocina del Campamento de Instrucción de Reclutas Nº 4 de Camposoto, San Fernando, Cádiz; allá a principios de los ochenta, pero ¡qué va, qué va!; los mamonazos que lo rodeaban sin cuartel en estos momentos eran unos Hijos de Puta redomados. - “¡Se van a enterar!” -se dijo calmoso.
¡Vamos a ver, vamos a ver, esta muchachada!... Por favor los del fondo, un poco de compostura... Así, un poco mejor, gracias... Os voy a explicar con detalle cómo se hacían las paellas en Valencia antes de que hubiesen nacido vuestros abuelos por esos mundos de dios. No os desbaratéis del todo que vuelvo en minuto y medio.
Recorrió el repecho del otero donde se albergaban los corrales en treinta y tres segundos. Oteó. Perfecto; en la balda de un estante el trasportín de viaje del caniche de Bienve…, vacío. Lo trincó, y tras la cancelita del mismo, enseguida estuvo un tierno conejito. ¡Sí!, de esos que nunca pensamos que fue un tierno conejito mientras nos lo estamos zampando.
Al pollo franciscano, que -totalmente convencido- el lugar creía tener controlado y tomado desde hacía cuatro años -calculó Lalo-, lo volteó de un manotazo, asiéndolo por sus doradas patas. Se fijó en sus hermosos y disuasivos espolones.
Cuando a los dos minutos estaban los tres de vuelta, no había diablo que a cuatro metros de la paella se arrimara. En su breve ausencia encendieron el ruedo del infiernillo de gas, y al culo de aceite de 1881 de la paellera que comenzaba a humear, traído por él desde Osuna, los desgraciaos le habían añadido como primeros ingredientes una sabanita y una pastilla de chicles.
Los salpicones eran de chúpame dóminae. Dejó en el suelo el transportín del primo de Roger Rabit; con la mano izquierda libre y aprovechando que la goma de la botella del butano era más bien larga, lo cerró de la caperuza.
El pobre franciscano con su cabeza atiborrada ya de sangre debido a la postura bocabajo adoptada, e internamente acojonado, no hacía más que aletear. La peña ya no vacilaba tanto; se constituyó más bien en un desperdigado escenario de estatuas confundidas. Los más avisados pasaron sus pantalones de la posición y parte baja de sus caderas a sus cinturas.
Hizo un pase de manos Lalo con el hermano pollo. Ahora lo cogía con la izquierda. Lo tenía claro. El animal iba a sufrir mucho menos que sus primos los de las granjas de engorde que tan felizmente nos comemos. “Desenterró” con la diestra el “tomahawk” del tocho de tronco que hacía las veces de tabla de cocina del IKEA. Consiguió posar sobre la madera la cresta y buen trecho del pescuezo. ¡Zas!...
… Ni el más atinado Arapajoe del Cine Planelles ¡vamos!, ni Carmelita la Mata habiendo pasado la prueba de alcoholemia del anís Metro…
Desde que el hermano pollo echó su último kiki matinal a la más atildada y distraída gallina del corral, hasta este su último momento, habían transcurrido cinco minutos escasos contra casi un lustro de envidiable vida...
Para el conejo de la suerte no era San Martín. Con el pulgar y el corazón accionó el cocinero el pestillo de la cancelita. Saltó raudo. El más imbécil grupo de personas que jamás se había echado a la cara, salió despavorido hacia los cuatro puntos cardinales; no tanto por el recién indultado roedor como por el implume y a la sazón descocado pollo. ¡Qué barbaridad!, ni el más aventajado pupilo de John Bénjamin Toshack hubiese zigzagueado y dado los requiebros del franciscano con tonsura extrema.
Los chillidos y alaridos de la imberbe turbamulta se comentarían días después que se oyeron en el mismo Casillas de Ranera, encontrándose la pedanía a casi una legua de distancia.
La no tan pija como maleducada muchachada se fue congregando instintivamente sobre algo que de allí la sacara, y le tocó al autobús aparcado, claro. Comenzaron a activarse teléfonos móviles en una época en los que éstos aún no eran habituales. No se sabe cómo ni de qué manera, pero el caso es que en una hora y media muy escasa comenzaron a abarrotar la generosa explanada de bienvenida de la granja escuela de pega vehículos automóviles casi tan descomunales como el Bus del Cástor.
Hacía ya un cuarto de hora que Lalo, sin darle explicaciones a nadie del entorno del enredo, se encontraba aparcando en la travesía de la vecina Sinarcas. Quería despedirse; y comprar unas cocas de bacon, embutido y sardinas arenques a su amigo el panadero del pueblo. Echándole la llave al coche... vio pasar rauda, en sentido de ida, la comitiva de la ONU a modo de padres escandalizados y ociosos..., por lo que se veía en la atropellada estela.
Amasando libremente los dos, y riéndose entre harinas de lo relatado por el cocinero, se les hizo la hora de cerrar al mediodía y de comer. No declinó Lalo la invitación del panadero y su mujer a su Casa.
Las formas humildes y honradas, el respeto ancestral y las miradas francas y a los ojos que aquella pareja le brindó durante aquella comida y su correspondiente sobremesa, para el cocinero quedaron. De lo demás... su selectiva memoria se encargaría.
El consecuente matrimonio acordó que sería ella la que abriría el despacho de pan aquella tarde de lunes. Él, no quería dejar escapar a su amigo el cuiner sin que visitase sus siete con siete hectáreas de viñedo que entre el pueblo y Utiel tenía. A tan bucólico como práctico lugar iban a media tarde, y cada uno en su coche para que tras la visita Lalo no tuviese que desandar el camino ya hecho, cuando el aparatito de los “güebos” -bautizado así, cariñosamente, el Alcatel por Monje- sonó en dos ocasiones...
Pepe y Bienvenida, ésta de parte de ambos, y todavía alterada por los incidentes recién acontecidos en su Casa, se interesaba de forma amable por el cocinero contratado aún para los cuatro siguientes lunes. A Lalo le dio en la nariz más que otra cosa, que temían que se destapase el “pastel natural” a base de sacarina que tenían montado.
Los templó el que tenía que haber sido tranquilizado, y quedaron como personas razonablemente educadas. Él les devolvería los emolumentos correspondientes a las cuatro jornadas venideras que nunca cuajarían, y que se habían pagado por adelantado. Ellos se disculparon por la fauna con la que se habían estrenado -más necesitada de reformatorio que de ninguna extraescolar-. Y reconocieron que apuntaron demasiado alto para tan bajas, retorcidas y rocambolescas miras.
Al Sargento primero Del Bosque, Comandante de Puesto de la Casa Cuartel más cercana a Casillas de Ranera, le dieron el aviso los del 112. La señorita del probo servicio no consiguió anotar de parte de la histérica Lolita comunicante más que el siguiente mensaje entrecortado e inconexo: "Socorro, un tío loco, mucha sangre, hacha de cocina, cabeza cortada, por favor sálvennoooss!!"...
A Del Bosque le dio el teléfono de Lalo la ecolojeta pareja al llegar al lugar de los hechos. El Benemérito Hombre llamaba desde el interior del coche aparcado en el ya famoso calvero, e iba acompañado -como no- por un Número de la Casa Cuartel.
Criado en un cortijo entre Argamasilla de Alba y Tomelloso; educado por unos padres cabales, y estudiado a base de becas, esfuerzo y mérito personal, no hizo falta que Lalo Monje le diese prolijas explicaciones... El bigotudo señor acogió a la delegación de Naciones Unidas como se merecía. Pidió documentación y papeles de vehículos y personas sin contemplaciones. Se esmeraron -el Número Gutiérrez y él- cotejando fichas técnicas y chapas de los coches... como ninguno de nosotros lo hará nunca, mirando hasta la última fecha del último yogur en la balda refrigerada del Mercadona.
¡Ah!, las últimas palabras del cocinero para con el Guardia Civil fueron: “Paz y Honor, amigo, que tenga usted un buen Servicio”.
Siete coma siete hectáreas de viñedo en espaldera, en una muy ligera loma viéndose al fondo la vinícola Utiel, era el lugar en la Tierra más cercano al Cielo que el panadero de Sinarcas podía pisar. Heredado de sus padres y honrado por él, según comprobaba en estos momentos Lalo, pues el esmero en todo lo que allí se respiraba así lo demostraba. Hablándole de la parcela el panadero de deshacía -casi textualmente- en parabienes, se emocionaba, se le humedecían los ojos en contraste con la sequedad del entorno en este punto del otoño.
Lalo sabía muy bien cuándo tenía que callar y deleitarse escuchando a otro que tuviese algo que decir. Comprobó una vez más en su vida lo que amarraba la tierra; los sentimientos atávicos que despierta en los Hombres. Cómo sí no -asentía calladamente el visitante-, si es la base de nuestra civilización, si nuestras raíces están ahí como las de las cepas... Bueno, como las de ellas no, de forma más potente si cabe; en el sentido que lo latente y lo que no se ve de nuestro más profundo yo, empuja y arremete sin compasión mucho más que lo aparente que une la cepa con su terreno.
Llegó demasiado pronto como siempre la hora de despedirse. Se desearon lo mejor del mundo para ellos y sus familias, y con un fuerte apretón de manos se dijeron hasta siempre.
Antes de bajar del todo el Portillo de Buñol su teléfono recibió un par de llamadas más. La primera era de Mau -su mujer-. Que no se le pasase; que hoy le tocaba a él ir a las ocho a la catequesis para padres de la Primera Comunión de Pinchuflín. “No te preocupes, amor, es ahora casi y media, voy bien de tiempo; no se me había olvidado.” -la tranquilizó-. Habiendo restado los pocos metros que le quedaban a la meseta, el Alcatel se iluminó de nuevo...